Piense en sus padres, en su entorno mientras crecía; piense en todos los hechos que acontecieron y en las decisiones que tomó, que lo han llevado a su vida actualmente; recuerde aquel error garrafal que prometió no volver a cometer y lo que aprendió de él para que no sucediera de nuevo; aquel momento agradable que quisiera repetir; la injuria que hasta la fecha le molesta; el evento que logró superar y ahora piensa en él sin alterarse; ese suceso que malinterpretó inicialmente, y del que eventualmente reconoció su verdadera naturaleza. El pasado configura el presente, y provenimos de una serie de contingencias que nos han hecho lo que somos. Piense en borrar todo lo que guarda su mente, como en “eterno resplandor de una mente sin recuerdos”. ¿Sería angustioso no recordar cómo llegó frente a una computadora con internet, leyendo estas palabras? Sería irreal. Tal vez ni siquiera podría formarse una opinión, porque no tiene, o más bien no recuerda, experiencias previas que pudieran darle un sentido a lo que lee.
No podemos crecer sin memoria. Y si esto es verdad para nosotros y nosotras como personas…¿por qué debería creerse lo contrario sobre una nación?
En la posguerra surge el tema del “perdón y olvido” en cuanto al daño sufrido y ocasionado durante la guerra civil. Para abordar este tema, el discurso dominante apela a un genuino y legítimo rechazo de la población hacia el sufrimiento padecido durante la guerra, y parte de él para justificar la necesidad de una amnistía. Pero volver la cabeza y “olvidar” (más bien, reprimir) lo ocurrido sin más, como si fuera un proceso que se dará naturalmente, es ocultar el verdadero significado histórico de este enfrentamiento, y obviar la búsqueda de las causas que lo generaron. Esta amnistía surge con el afán de proteger ciertos intereses y evitar el cuestionamiento de los mismos, a costa del dolor de muchas personas, para quienes las consecuencias de la guerra persisten en su día a día.
Dicen que el pasado debe olvidarse porque de mantenerse vivo en la actualidad, impediría la reconciliación. Pero no puede ser borrado por un acto de voluntad, y ciertamente no es un proceso que ocurrirá naturalmente o por gracia de Dios. No se les puede pedir a las víctimas de las guindas, de los secuestros, de las bombas, muchos menos a personas con familiares desaparecidos, que olviden. Una cosa, deseable, es trabajar esos recuerdos que generan malestar psíquico y hasta somático, y llegar al punto en que la persona es capaz de integrar esos recuerdos traumáticos a su vida; que sepa ocurrieron en un tiempo concreto, con un significado personal y social, hasta que se encuentre dispuesta a enfrentar lo ocurrido, con serenidad. Otra cosa, muy diferente a este proceso, es negar que ocurrió.
Tras el impacto de un trauma, lo primero que surge es la negación del suceso. Esto puede ser equivalente al silencio de las instituciones, o a los argumentos tradicionales que, sin ir más lejos, han aparecido que en los últimos días en un periódico. Esta actitud hace intuir que habrá que esperar décadas para llegar al verdadero perdón, si es que lo hay. En realidad, sus esfuerzos activos de negación y minimización de la realidad parecen estar dando sus frutos, y basta entrar a las materias de historia nacional de cierta universidad para confirmarlo: muchos jóvenes universitarios no creen que haya ocurrido el lujo de barbarie que suele describirse; apenas creen que hubo un conflicto armado. Júntese esta negación a la tendencia homeostática de creer que todo lo que sea conflicto es “malo” en sí mismo, y tiene parte de la receta perfecta de cómo paralizar la capacidad crítica de un pueblo.
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La invitación de olvidar el pasado, surge de aquellos que de alguna manera están de acuerdo, justifican o minimizan el efecto de lo acontecido (…). La insistente búsqueda del olvido social sobre actos inhumanos atrofia la posibilidad de desarrollo colectivo (…) Asumir la “progresividad” sin recuerdo es un acto irracional. La insistencia de la cancelación del recuerdo corresponde a intentar excusar frente a sí mismo los acontecimientos, antes que intentar excusarse frente a los demás” (Theodor Adorno).
Un error que suele cometerse es delimitar la temporalidad de la guerra a 12 años: el choque ocurre y luego termina. Sin embargo, como hemos observado muy bien en los desastres socionaturales, la verdadera magnitud del daño se hace visible hasta que el evento traumatizante finaliza. Los esfuerzos actuales para enfrentar el daño –sufrido y causado- y evitar que ocurra de nuevo son incipientes, pero aún no reciben el apoyo suficiente de sectores de la sociedad. Dentro de pocos años, podremos estar hablando de los “hijos e hijas de la posguerra” ¿Cómo serán estas personas?. Es tiempo de sobreponerse a la negación y valorar críticamente por igual nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.
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"Esta amnistía surge con el afán de proteger ciertos intereses y evitar el cuestionamiento de los mismos, a costa del dolor de muchas personas, para quienes las consecuencias de la guerra persisten en su día a día.
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Esta es la clave por la cual los "interesados" se hace de la vista gorda y evita el tema, porque no quieren rendir cuentas.
Y le dán énfasis a la polarización, a la corrupción y a otros de los problemas cotidianos dejando que las pústulas sigan gangrenando nuestra sociedad con un odio visceral que no tiene fin, porque no se ataca de raiz.
Por eso es que ante artículos como este los "extremistas" guardan un ominoso silencio, procurando que la mierda no se revuelva.