Por el momento, el tema de desastres no parece ser muy importante. Mientras escribo esto, está lloviendo. A lo mejor se ha hecho un tráfico terrible, y algunas calles se han inundado. A lo mejor haya habido algún derrumbe por allá, con un saldo fatal. A veces aparecen notas en los periódicos, acerca de comunidades o entidades que se están preparando para hacerle frente a la temporada lluviosa. No más. Por el momento.
Con movimientos telúricos constantes,
volcanes, y el problema de las lluvias de cada año, tenemos suficiente para reconocer que El Salvador está en una posición de alta vulnerabilidad. Los fenómenos naturales a los que estamos expuestos pueden y llegan a ser devastadores.
Los desastres, por otro lado, no son tan naturales como aparentan, y su carácter devastador no es suficiente para explicar por qué tropezamos con la misma piedra cada vez que ocurren. En las catástrofes ambientales influyen de forma decisiva factores humanos: la vulnerabilidad económica y política, la imprevisión, la ausencia de planificación del desarrollo urbano y la pobreza de sectores considerables de la población…el daño de un fenómeno natural no es causado solamente por la aparición del mismo.
Después del impacto, los esfuerzos de reconstrucción giran en torno al aspecto físico y económico. Pero la reconstrucción y enorgullecerse de "haber salido adelante" ya no es suficiente. ¿Los damnificados, antes del desastre, ya contaban con condiciones favorables de vida? Un vistazo a quienes regularmente sufren los embates de la naturaleza permite responder a esta pregunta: son las personas de escasos recursos quienes sufren el mayor daño. Este daño viene a ahondar en una historia de carencias previas.
La población voltea a las autoridades que no sólo están en la obligación de manejar la crisis, sino también de darle una explicación. Pero independientemente de la asistencia de las autoridades, está la necesidad de la comunidad de organizarse, y de apoyar a sus miembros en momentos de crisis. Según un sondeo del IUDOP, realizado después de los terremotos del 2001, la tercera parte de las personas encuestadas se había organizado para enfrentar la tragedia, y el ser damnificado no promovía la organización más que no serlo. Pero la organización comunitaria no es algo fácil de promover, en primer lugar por sus implicaciones políticas (la más extrema: ¿"organización comunitaria" no te suena, todavía, hasta subversivo?), y en segundo lugar, porque requiere de una inversión considerable de recursos, económicos, personales y sociales, a largo plazo.
Este mismo estudio el IUDOP indagó acerca de la causa que se le atribuyó al terremoto: las respuestas iban desde que era un proceso geológico, la explosión de un basurero militar (!) y prescripción divina. Quienes lo consideraban producto de la disposición divina opinaron con mayor frecuencia que los daños eran producto de la fatalidad, de modo que no cabía pedir cuentas a las autoridades, mucho menos pensar en la prevención (¿cómo anticiparse a estos designios?). Con escasos recursos económicos, poca educación formal, organización religiosa con escasa o nula vinculación política, estos sectores terminan eximiendo de responsabilidad a las autoridades e instituciones que por obligación deben garantizarle niveles mínimos de bienestar.
Comentarios como los aparecidos en la columna editorial de El Diario de Hoy (6/10/05, página 49) perpetúan esta visión, por ignorancia o por malicia: “una amiga nos dice que debemos rezar mucho, como se rezó para conjurar la llegada del huracán Adrián desde el Océano Pacífico". "Al rezar no sólo nos ponemos en manos de la Misericordia Divina, sino que nos volvemos más sensibles hacia el sufrimiento ajeno”. Cierto que rezar puede salvar, pero también puede inmovilizar.
Como consecuencia del huracán Stan, en el año 2005, cerca del 65% del territorio nacional estaba en riesgo de sufrir deslaves o derrumbes. En la columna anteriormente mencionada, se sostiene que “talar cuanto árbol crece y sembrar milpas en laderas, es propiciar catástrofes”. Por supuesto se refería a los campesinos, aunque el argumento puede ampliarse: algunos sectores de las zonas rurales pueden desconocer manejos efectivos de los recursos naturales; pero el derrumbe de Las Colinas en enero del 2001 no fue propiciado por la siembra de milpas en laderas. El rápido crecimiento de la población y su alta concentración en zonas urbanas remite a pensar que el manejo de desastres no es sólo cuestión de organizarse y preparar los albergues. Sencillamente hay zonas que no son propicias para la construcción de residenciales, por razones de seguridad. La política de vivienda y la descentralización son temas delicados que deben tratarse, con miras a incidir en la reducción de desastres muy a largo plazo.
En El Salvador, miles de familias viven en el borde de barrancas, quebradas o ríos, y no es inusual escuchar que se les eche la culpa por ello: “¿por qué siguen viviendo ahí?”. Los responsables de la catástrofe son los marginados por vivir en lugares peligrosos, ¿sí? No. Se falla al negar que el sistema ha excluido a estas personas de la oportunidad de un espacio vital para su vivienda, y en consecuencia, ha limitado sus oportunidades de desarrollo. Decidirse a perder dicho espacio vital, garantía de cotidianidad, por precaria que ésta sea, no es fácil…y el que quienes no estamos en esas condiciones nos preguntemos por qué ellos no se van de ahí es dar por hecho que tienen un lugar alternativo al cual acudir y que está dispuesto a aceptarles.
La cultura de prevención, a nivel gubernamental y comunitario, está en espera de ser impulsada. Mientras tanto, si este año aparecen personas damnificadas, se les tendrá en refugios, probablemente en condiciones pésimas, se les dará comida y frazadas por algunos días, si se les da algo; algunos con suerte tendrán su casa reconstruida, en el mismo lugar de riesgo, o en cualquier otro, pero siempre una casa mínima, con materiales poco adecuados, en condición de hacinamiento. Con eso, se dirá que El Salvador se habrá levantado. Hasta el próximo año.
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Excelente post, en este país deberíamos ser expertos en desastres, la vulnerabilidad tiene un componente humano, y en su mayor parte debido a la depredación de nuestro medio ambiente, con la escusa de "modernizarnos". Cuando sucede alguna tragedia anunciada el gobierno y los medios afines hablan de los misterios del señor, la falta de previsión, el hecho de no capitalizar la experiencia nos agarra en la crisis como si fuera primera vez.
Basicamente es la historia de El Salvador, la improvisación, la falta de claridad en políticas de prevención nos hacen un pais de extrema vulnerabilidad.
Además tenemos encima las enfermedades de temporada, dengue, diarreas, enfermedades bronco-pulmunares, etc. que se convierten en verdaderas epidemias que hacen colapsar el sistema de salud salvadoreño.
Muy buen post.
Esto me hace recordar que supuestamente se continua urbanizando la Cordiller del Balsamo, apesar de la historia de vulneravilidad de la zona la cual fue intensificado por las urbanizaciones previas. Esto es prestarse para que ocuran las fatalidades y si a esto le agregamos que por falta de planificacion se vulnera mas el pais lo cual solamente sirve para aumentar el riesgo de vivir en ciertas zonas, considerando que un alto porcentaje del pais ya vive en zonas de alto riesgo esto equivale a un futuro desastre. Pero mientras por urbanizacion se haga dinero este tipo de "planificacion urbanaza" no se va a dar.