Jueves, 26 de abril de 2007
Un documento de an?lisis explicativo acerca de las cr?nicas enfermedades mentales que ahora se encuentran sufriendo la mayoria de las poblaciones.

Se los dejo como referencia.

Un saludo.




LA PSICOLOG?A DE LAS MASAS DEL SUFRIMIENTO

John Zerzan1

Hace ya un tiempo, poco antes de las revoluciones de los sesenta, cuyo esp?ritu todav?a pervive en esferas menos p?blicas y directas, Marcuse2, en su libro El hombre unidimensional, describ?a una poblaci?n satisfecha y feliz. Con la angustia omnipresente de hoy en d?a, ?a qui?n podr?amos describir as?? La cr?tica que late aqu? es profunda, aunque incompleta.

Muchas teor?as han anunciado el deterioro de los ?ltimos reductos de la individualidad; pero de ser as?, si la sociedad avanza hacia la homogeneizaci?n y domesticaci?n totales, ?c?mo es que permanece esa tensi?n constante que causa semejante sufrimiento y desorientaci?n? Estamos llegando a una situaci?n insostenible, en un contexto de enfermedad emocional cr?nica y generalizada.

Marx predijo, err?neamente, que el profundo empobrecimiento material traer?a consigo la revoluci?n y la ca?da del capital. ?No ser? este creciente sufrimiento ps?quico lo que est? haciendo resurgir la revoluci?n? ?No podr?a ser ?sta la ?ltima esperanza de resistencia?

As? y todo, es obvio que el mero sufrimiento no garantiza nada.
"El deseo no busca la revoluci?n, es revolucionario por derecho propio", se?alan Deleuze4 y Guattari5 en su Anti-Edipo. Posteriormente, al tratar el tema del fascismo, nos recuerdan que la gente ha deseado en contra de sus propios intereses y que a?n est?n ampliamente extendidas la humillaci?n y la esclavitud.

Sabemos que tras la represi?n ps?quica se esconde la represi?n social, que muestra signos de ceder ante un enfrentamiento necesario con la realidad en todas sus dimensiones. La reflexi?n sobre lo social no debe llevarnos a ignorar lo personal, porque eso s?lo repetir?a, invirtiendo los t?rminos, el principal error de la psicolog?a. Aunque en la pesadilla actual cada uno tiene sus propios miedos y
limitaciones, no hay una ruta liberadora que olvide la primac?a del conjunto total. Estr?s, soledad, depresi?n, aburrimiento: la locura del d?a a d?a.

Una tristeza cada vez mayor que nos hace reconocer, al menos visceralmente, que las cosas podr?an ser diferentes. ?Cu?nta alegr?a queda en la sociedad tecnol?gica, en este lugar de alienaci?n y ansiedad? Los epidemi?logos de la salud mental consideran que s?lo el veinte por ciento de la poblaci?n est? libre de s?ntomas psicopatol?gicos. Es decir, representamos la "patolog?a de la normalidad" marcada por el empobrecimiento ps?quico y cr?nico de una sociedad insana.

Enfermo preocupado (1988), de Arthur Barsky, diagnostica el estado de salud de la sociedad norteamericana en la que, pese a todos los avances m?dicos', nunca ha existido una "necesidad tan grande de constante atenci?n m?dica". Las crisis familiares y de la vida personal en general han llevado, seg?n este diagn?stico, a una b?squeda de la salud, de salud emociona) concretamente, que ha alcanzado proporciones verdaderamente industriales. Una vida laboral cada vez m?s t?xica en el sentido m?s amplio del t?rmino, unida a la desintegraci?n familiar, mantienen en funcionamiento la maquinaria de la salud.

Pero para una poblaci?n inmersa en sus miserias y dram?ticamente m?s interesada que nunca en el cuidado de la salud, el modelo dominante de atenci?n m?dica es una parte m?s del problema, no su soluci?n. As?, Thomas Bittker escribe sobre "La industrializaci?n de la psiquiatr?a americana" (American Journal of Psychiatry, Feb. 1985) y Gina Kolata se?ala la gran desconfianza que existe hacia la figura de) m?dico, ya que la medicina se ve tan s?lo como un negocio m?s (New York Times, 20 Feb. 1990). El desorden mental que acarrea seguir adelante tal y como est?n las cosas se trata actualmente casi por completo con bioqu?mica, para reducir la conciencia individual de una angustia socialmente inducida. Los tranquilizantes son hoy d?a las drogas m?s extendidas mundialmente y los antidepresivos baten records de ventas. Se obtiene as? un alivio temporal (al margen de los efectos secundarios y sus propiedades adictivas), mientras todos nos hundimos un poco m?s. En "?Por qu? toda esa gente dice que nunca tiene tiempo?" (New York Times, 2 Enero 1988), Trish Hall se?ala la pesada carga que supone el d?a a d?a y concluye que "todos parecen sentirse desbordados" por ella.


El informe Gallup de Octubre de 1989 revel? que las enfermedades relacionadas con el estr?s se est?n convirtiendo en la principal amenaza de los puestos de trabajo en EE.UU. En California, entre 1982 y 1986, se quintuplicaron las bajas por estr?s. Las cifras m?s recientes ponen de manifiesto que en casi dos tercios de los programas de asistencia al empleo se presentan s?ntomas psiqui?tricos o de estr?s.

En su Locura moderna (1986), Douglas La Bier se preguntaba "?Qu? tiene el trabajo hoy en d?a para que resulte tan da?ino?" Encontramos la respuesta en multitud de estudios que nos advierten que la 'oficina ?el ma?ana de la Era de la Informaci?n no es mucho mejor que el barrac?n obrero del pasado. La informarizaci?n permite una instrucci?n neotaylorisia del trabajo que en realidad sobrepasa a todas las t?cnicas de control anteriores. La 'disciplina tecnol?gica' que pesa cada vez m?s sobre los oficinistas llev? a Curt Suplee a escribir un art?culo de junio de 1990 en el Washington Post que concluye: "Hemos visto el futuro, y duele". Unos meses antes, Sue Miller describ?a en el Baltimore Evening Sun otro aspecto de este trabajo t?xico, haciendo referencia a un estudio psicol?gico nacional seg?n el cual un noventa y tres por ciento de las mujeres americanas "sufre una epidemia de tristeza".

Mientras tanto, siguen subiendo los niveles de suicidio y homicidio en los EE.UU. y el ochenta por ciento de la poblaci?n admite haber pensado alguna vez en quitarse la vida. El suicidio adolescente se ha incrementado enormemente en las tres ?ltimas d?cadas, y el n?mero de j?venes internados en hospitales mentales se ha disparado desde 1970. Hay multitud de formas de evaluar el sufrimiento: la obesidad cr?nica entre los ni?os se ha elevado m?s del quince por ciento en los ?ltimos veinte a?os; ahora son relativamente comunes entre las chicas j?venes los des?rdenes alimenticios profundos (bulimia y anorexia); las disfunciones sexuales son cada vez m?s frecuentes, al igual que los ataques de p?nico y ansiedad, que parecen tomar el relevo a la depresi?n como la enfermedad psicol?gica m?s extendida; el aislamiento y el sentido del absurdo siguen haciendo que el evangelismo televisivo y los cultos rid?culos resulten atractivos para muchos. La lista de s?ntomas culturales es casi interminable. Dejando aparte su funci?n generalmente escapista, muchos de los filmes contempor?neos reflejan esta enfermedad; l?ase, por ejemplo, Un cine de la soledad: Penn, Kubrick, Scorsese, Spielberg, Altman, de Robert Philip Kolker. Muchas novelas recientes son todav?a m?s implacables al describir la desolaci?n y la degradaci?n de la sociedad y de la juventud; por ejemplo Menos que cero, de Bret Easton Ellis, Cabeza de familia 2020, de Fred Pfail y El artista noqueado, de Harry Crews, por nombrar s?lo algunas.

En este contexto de empobrecimiento ps?quico, lo que ocurre con las costumbres y valores preestablecidos es de especial inter?s para situar mejor la "psicolog?a de masas" y su significado.

Multitud de indicios ponen de manifiesto que la demanda de gratificaci?n instant?nea es cada vez m?s apremiante, lo cual levanta las cr?ticas tanto de la derecha como de la izquierda. El fraude de tarjetas de cr?dito alcanz? el bill?n y medio de d?lares en 1988, siendo el caso m?s com?n el impago de facturas, que se duplic? entre 1980 y 1990. Asimismo, los impagos de los cr?ditos federales se cuadruplicaron entre 1983 y 1989. En Noviembre de 1989, en una acci?n sin precedentes, la Marina de los EE.UU. se vio obligada a suspender todas sus operaciones durante 48 horas debido a una oleada de accidentes que caus? muertos y heridos. En la moratoria se acord? efectuar una revisi?n de seguridad, que reaviv? la discusi?n sobre el abuso de drogas, el absentismo, el personal no cualificado y otros problemas que amenazaban el buen funcionamiento
de la Marina.

Mientras tanto aumentaba el n?mero de robos en el empleo. En 1989 el Departamento de Polic?a de Dallas inform? de un incremento del veintinueve por ciento en los peque?os robos en las empresas, y un informe nacional dirigido por London House afirmaba que el sesenta y dos por ciento de los empleados de empresas de comida r?pida admit?a haber robado en su puesto de trabajo.

A principios de 1990 el FBI revel? que el robo en tiendas subi? hasta un treinta y cinco por ciento durante 1984, recortando dr?sticamente el beneficio del peque?o comercio.

El mes de noviembre de 1988 bati? records de abstenci?n electoral, continuando con el descenso en la participaci?n que se ven?a produciendo desde la d?cada de los sesenta. Las puntuaciones medias en los ex?menes de acceso a la universidad bajaron durante los a?os setenta y ochenta, tras lo cual subieron ligeramente para continuar su descenso en 1988. A principios de los ochenta, Arthur Levin apreciaba "un cinismo y una falta de confianza generalizados" en los estudiantes universitarios, retratados en su libro Cuando murieron los sue?os y los h?roes, mientras que a finales de la d?cada, Robert Nisbet, en La era presente: progreso y anarqu?a en Norteam?rica, denunciaba los desastrosos efectos que provocaba en el sistema la actitud ap?tica de las generaciones m?s j?venes. George F. Will, por su parte, nos recuerda que cualquier construcci?n social, incluida la autoridad del gobierno, descansa "en la voluntad popular de creer en ella", y el economista de Harvard Harvey Liebenstein le secunda en Dentro de la empresa, donde insiste en que las empresas deben depender del tipo de trabajo que sus empleados quieran hacer.

Los institutos nacionales grad?an actualmente a menos del setenta por ciento de los estudiantes que ingresan. Como dice Michael de Courcy Hinds (New York Times, 17 febrero 1990), "los educadores estadounidenses est?n haciendo todo lo posible para mantener a los ni?os en las escuelas"; al mismo tiempo se est? incrementando el n?mero de personas de todas las edades que no quiere
aprender a leer ni a escribir. David Harman reflejaba esta frustante situaci?n en Analfabetismo: un dilema nacional (1987). La respuesta parece ser que la alfabetizaci?n y la escolarizaci?n se valoran ?nicamente por su influencia en el mundo laboral. El rechazo a la alfabetizaci?n no es m?s que otro signo del profundo desapego y creciente desencanto frente al sistema. A mediados de 1988, el informe Hooper indicaba que el trabajo se consideraba una de las principales cargas de la vida, y 1989 arroj? el menor incremento de la productividad anual desde la recesi?n de 1981. La 'epidemia' de la droga, que cost? al gobierno veinticinco billones de d?lares en la d?cada de los ochenta, amenaza a la sociedad de una forma m?s sutil, mediante el rechazo al trabajo y al sacrificio. No hay batalla contra la droga que pueda cambiar la situaci?n mientras se siga defendiendo este paisaje de dolor y falsos valores. Crece con fuerza la necesidad de escapar, y el orden social, enfermo, se resiente de este abandono y de la corrosi?n constante que provoca.

Desgraciadamente, el mayor 'escape' es aquel que conserva el desorden actual: lo que Sennett ha llamado "la importancia creciente de la psicolog?a en la vida burguesa". Aqu? se incluye la extraordinaria proliferaci?n de nuevas terapias desde los sesenta, y junto a este fen?meno, el ascenso de la psicolog?a, convertida en la religi?n predominante. En la Sociedad Psicol?gica el individuo se contempla a s? mismo como un problema. Esta ideolog?a supone el aislamiento del individuo porque niega lo social; la psicolog?a rehusa considerar a la sociedad como un todo que comparte la responsabilidad de las condiciones que se dan en cada ser humano.

Las ramificaciones de esta ideolog?a se pueden observar por todas partes. Por ejemplo, en los consejos que o?mos cuando el trabajo y el estr?s nos han sobrepasado: "t?mate un respiro", "r?ete", "qu?tale hierro", etc. O en las exhortaciones moralizantes sobre el reciclaje, como si la ?tica personal de consumo fuera una respuesta real a la crisis ecol?gica causada por la producci?n industrial. O en el "Programa para promover la autoestima. California 1990", como soluci?n al enorme hundimiento social de dicho estado. Esta postura deja campo libre a la alienaci?n, la soledad, la desesperaci?n y la ansiedad, impidi?ndonos llegar a la ra?z de nuestro mal. Privatiza la angustia y sugiere que s?lo pueden obtenerse respuestas no-sociales. Este "artificio de simple introspecci?n", en palabras de Adorno, que invade todos los aspectos de la vida americana, hace que las experiencias nos resulten incomprensibles, perpetuando as? nuestra opresi?n.

Esta "visi?n terap?utica del mundo" ha dado lugar a una cultura tiranizada por lo terap?utico, donde contraemos enfermedades mentales en nombre de la salud mental. Con la creciente influencia de los expertos del comportamiento tambi?n aumentan la impotencia y la extra?eza; ahora la vida moderna ha de ser interpretada por los nuevos expertos y sus divulgadores. Pasos (1977), de Gail Sheehy, por ejemplo, analiza los acontecimientos de la vida sin hacer referencia alguna al contexto hist?rico o social, desvirtuando as? toda su reflexi?n sobre el "yo aut?nomo y libre". Coraz?n gestionado (1983), de Arlie Russell Hochschild, se centra en la "comercializaci?n de los sentimientos humanos" en un sector econ?mico en expansi?n, y consigue eludir cualquier cr?tica a la totalidad, ignorando la existencia de la sociedad de clases y la infelicidad que ?sta produce.

Cuando la sociedad se convierte en adicta (1987) es un intento absolutamente incoherente de Anne Wiison Schaef de negar, a pesar del t?tulo, la existencia de la sociedad, tratando exclusivamente el terreno personal. Y ?stos se encuentran entre los menos escapistas de la avalancha de libros terap?uticos que inundan librer?as y supermercados. Claramente, la psicolog?a ignora todo sentido
de colectividad o solidaridad y participa en la desintegraci?n social que sufrimos hoy en d?a. Su intenci?n es cambiar nuestra personalidad, evitando roda reflexi?n sobre los efectos del capitalismo, burocr?tico y consumista, sobre nuestras vidas o nuestras conciencias.

Consid?rese la Soluci?n al estr?s (1988) de Samuel Klarreich: "Podemos determinar en gran medida qu? es lo que nos puede producir estr?s y cu?nto interferir? en nuestras vidas por las posturas irrespetuosas que mantengamos en el puesto de trabajo". Bajo el signo de la productividad, se adiestra al ciudadano para residir de por vida de un mundo industrial, una circunstancia que, como comentaba Ivan Ilich, no es ajena al hecho de que todos somos posibles pacientes del terapeuta, o por lo menos podemos llegar a aceptar su visi?n del mundo.

En la Sociedad Psicol?gica, cualquier conflicto social se eleva autom?ticamente a la condici?n de problema ps?quico para poder achacarlo al individuo como un problema privado. La escolarizaci?n produce en el ni?o una resistencia casi universal que se clasifica, por ejemplo, como "hiperactividad", y se trata con drogas o con ideolog?a psiqui?trica. En lugar de reconocer la protesta del ni?o, se invade su vida para asegurarse de que no escape a la red terap?utica.

El conformismo social, basado en su mayor parte en sucesivas experiencias de derrota y resignaci?n, fomenta la idea de que el terreno personal es el ?nico en el que tiene cabida la autenticidad. Louise Banikow cita las palabras de un desesperado ciudadano perteneciente al mundo de los solteros': "Mis ambiciones ahora son solamente personales. Todo lo que quiero hacer es enamorarme". Pero esa demanda de plenitud, limitada por la psicolog?a, responde a un hambre tan atroz y a un nivel de sufrimiento tal que amenaza con romper las cadenas de ese mundo interior prescrito. La indiferencia ante la autoridad, la desconfianza hacia las instituciones y el nihilismo en expansi?n indican que el terapeuta no puede satisfacer al individuo ni salvaguardar el orden social.

Toynbee6 afirmaba que toda cultura decadente promueve la ascensi?n de una nueva iglesia que d? esperanza al proletariado, mientras atiende tan s?lo a las necesidades de la clase dirigente.

Es posible que, antes de lo que creemos, la gente empiece a darse cuenta de que esta nueva iglesia es la psicolog?a; es posible que ?sa sea la raz?n por la cual tantas voces de la terapia adviertan a susreba?os contra expectativas irreales de lo que podr?a ser la vida.

Durante m?s de medio siglo, el sistema consumista y burocr?tico ha buscado medios de control y predicci?n para cubrir sus necesidades de regulaci?n y jerarqu?a. La misma ideolog?a apaciguadora de la psicolog?a, en la que el yo es la forma de realidad por excelencia, ha servido a estas necesidades de control y debe la mayor?a de sus supuestos a Sigmund Freud. Para Freud, con su
teor?a wagneriana de los instintos guerreros y la divisi?n arbitraria del individuo en ello, yo y super-yo, las pasiones del individuo eran primitivas y peligrosas. La tarea de la civilizaci?n era reprimirlas e inmovilizarlas. El edificio entero del psicoan?lisis, seg?n Freud, est? basado en la teor?a de una represi?n necesaria; es obvio que de este modo se ayuda a la dominaci?n. La cultura humana se ha establecido mediante el sufrimiento; la renuncia constante al deseo es imprescindible para la continuidad de la civilizaci?n; el trabajo se sostiene con la energ?a del amor reprimido; todo como consecuencia de la "agresividad natural de la naturaleza humana", un hecho eterno y universal, por supuesto.

Freud, totalmente consciente de la fuerza deformadora de la represi?n, consideraba que la neurosis pod?a caracterizar todo lo humano. A pesar de su miedo al fascismo tras la I Guerra Mundial, contribuy? a su ascenso al justificar la renuncia a la felicidad. Reich se refiere a Freud y a Hitler con id?ntica amargura, observando que "pocos a?os despu?s, genio patol?gico, llevando hasta sus ?ltimas consecuencias la ignorancia y el miedo a la felicidad, arrastr? a Europa al l?mite de la destrucci?n bajo el lema de la renuncia heroica".

Con el complejo de Edipo, fuente inevitable de culpa y represi?n, Freud se muestra de nuevo como un consumado hobbesiano7. El complejo de Edipo sirve de veh?culo a los tab?es que se aprenden a trav?s de la experiencia infantil (masculina) de miedo hacia el padre y deseo por la madre. Se basa en el cuento de hadas reaccionario que Freud ide? sobre una horda primordial dominada por un patriarca poderoso que pose?a a todas las mujeres disponibles, y que fue asesinado y devorado por sus hijos. Esto no es m?s que falsa antropolog?a, y muestra claramente uno de los errores b?sicos de Freud, el de asimilar la sociedad a la civilizaci?n. Existen hoy pruebas convincentes de que la vida precivilizada fue un tiempo de igualdad en el que no exist?a la dominaci?n, y desde luego no el extra?o patriarcado que Freud ide?, origen de nuestro sentido de la culpa y la verg?enza. El estaba convencido de la validez del complejo de Edipo y de la necesidad de la culpa en beneficio de la cultura.

Freud consideraba que la vida ps?quica estaba encerrada en s? misma, y no influenciada por la sociedad. Esta premisa lleva a una visi?n determinista de los primeros a?os e incluso de los primeros meses de vida, y a juicios como el siguiente: "el miedo a ser pobre surge de un erotismo anal regresivo". Deteng?monos en su Psicopatolog?a de la vida cotidiana, y en sus diez ediciones entre 1904 y 1924, a las que se a?adieron continuamente nuevos ejemplos de 'deslices' o usos inconscientemente reveladores de las palabras. No encontraremos un solo ejemplo, a pesar de las muchas revueltas que ten?an lugar en aquellos a?os en Austria y los pa?ses vecinos, en el que Freud detecte un 'desliz' relacionado con el miedo a la revoluci?n por parte de los burgueses, ni siquiera miedos sociales relacionados con las huelgas, la insubordinaci?n, o casos similares. Parece m?s que probable duelos deslices no reprimidos, asociados a tales asuntos, Fueran simplemente excluidos de sus posturas universalistas y ajenas a la historia.

Vale la pena comentar tambi?n el 'descubrimiento' freudiano del instinto de muerte. En el colmo de su pesimismo, opuso Eros, el instinto vital, a Thanatos, el deseo de muerte y destrucci?n, un componente fundamental de nuestra especie, imposible de erradicar. "El prop?sito de roda vida es la muerte", afirm? en 1920. Aunque pueda resultar pedestre anotar que este descubrimiento ven?a
acompa?ado de la carnicer?a de la I Guerra Mundial, un matrimonio cada vez m?s infeliz y la progresi?n de su c?ncer de mand?bula, no hay equivocaci?n posible al reconocer el servicio que susteor?as prestaron a la legitimaci?n de la autoridad. La asunci?n del instinto de muerte, es decir, la idea de que la agresi?n, el odio y el miedo siempre estar?n con nosotros, es contraria a toda posibilidad de liberaci?n. En d?cadas posteriores, el trabajo de Melanie Klein8 sobre el instinto de muerte se abri? paso en los c?rculos dirigentes ingleses, precisamente por su an?lisis de las restricciones sociales como medio de represi?n de la agresividad. El principal neofreudiano en la actualidad, Lacan9, tambi?n parece considerar inevitables el sufrimiento y la dominaci?n; concretamente, sostiene que el patriarcado es una ley de la naturaleza.

Marcuse, Norman O. Brown y otros han revisado la obra de Freud tomando sus ideas en un sentido m?s descriptivo que prescriptivo; su validez est? limitada por la orientaci?n que toman sus oscuras visiones, aplicables exclusivamente a la vida alienada, m?s que a cualquiera de los mundos sociales, reales o imaginables. Hay tambi?n muchas feministas freudianas; no obstante, sus esfuerzos por aplicar el dogma psicoanal?tico a la opresi?n de las mujeres parecen m?s ingeniosos.

Freud consideraba el "principio femenino" m?s cercano a la naturaleza, menos sujeto a la represi?n que el del macho. Pero, fiel a sus valores generales, calific? como un avance esencial de la civilizaci?n la victoria de la intelectualidad masculina sobre la sensualidad de la mujer. Lo m?s triste de los numerosos intentos de recuperaci?n de Freud es su ausencia total de cr?tica a la civilizaci?n: su obra entera sit?a a la civilizaci?n en la cima de los valores.


Para aquellos que pretendan solamente reorientar el edificio freudiano, es b?sica la advertencia de Foucault10 de que la intenci?n de cualquier sistema "es extender nuestra participaci?n en el sistema presente".

En el campo de las diferencias de g?nero, Freud afirmaba sin tapujos la inferioridad de la mujer. Su visi?n de las mujeres como hombres castrados es un claro caso de determinismo biol?gico: anat?micamente hablando son simplemente inferiores y est?n condenadas por ello al masoquismo y a la envidia de pene.

No pretendo profundizar en este breve an?lisis de Freud, pero ya deber?a resultar obvio que su renuncia a postular cualquier valor m?s all? de los inherentes a la ciencia 'objetiva' (Nuevas conferencias introductorias, 1933) carece de todo fundamento. Y a este error esencial podr?amos a?adir la naturaleza arbitraria de pr?cticamente toda su filosof?a. Divorciado, como se ha dicho, del grueso de la realidad social -los ejemplos en este sentido ser?an innumerables, pero valdr?a citar la teor?a de la seducci?n, seg?n la cual el abuso sexual es, en su mayor parte, fantas?a- cualquier inferencia freudiana podr?a reemplazarse plausiblemente por otra opuesta. En general, nos encontramos ante "una doctrina plagada de mecanismos, cosificaci?n y universalismo arbitrario", como resume Frederick Crews.

En cuanto a sus logros personales con el tratamiento, Freud nunca fue capaz de curar de forma permanente a uno solo de sus pacientes, y ciertamente el psicoan?lisis no se ha mostrado mucho m?s efectivo desde entonces. En 1984, el Instituto Nacional de Salud Mental estim? que m?s de cuarenta millones de americanos eran enfermos mentales, mientras que un estudio de Regier, Boyd
y otros, (Archivos de psiquiatr?a general. Noviembre 1988) concluy? que el quince por ciento de la poblaci?n adulta ten?a alg?n "desorden psiqui?trico". Una dimensi?n obvia de esta situaci?n es la familia contempor?nea que, en palabras de Joel Kovel, "ha ca?do en un agujero de permanente crisis", tal y como indica el flujo interminable de individuos emocionalmente inestables que terminan en manos de la industria de la salud mental.

Si la alienaci?n es la esencia de todas las condiciones psiqui?tricas, entonces la psicolog?a ser?a el estudio de los alienados; sin embargo, faltar?a el reconocimiento de que esto es as?. Para los c?nones de Freud y la Sociedad Psicol?gica, el efecto de la sociedad sobre el individuo, que le impide reconocerse, es irrelevante para el diagn?stico y el tratamiento. De este modo la psiquiatr?a
se apropia del dolor y la frustraci?n que paralizan al individuo, los redefine como enfermedades y, en algunos casos, se muestra capaz de suprimir los s?ntomas.

Mientras, un mundo insano contin?a con su racionalidad tecnol?gica, que excluye cualquier rasgo espont?neo o afectivo de la vida: la persona es sometida a una disciplina dise?ada a costa de su sensualidad para hacer de ella un instrumento de producci?n.

La enfermedad mental es un escape inconsciente y primario de este dise?o, una forma de resistencia pasiva. R. D. Laing describ?a la esquizofrenia como un limbo ps?quico que simula una especie de muerte para preservar algo de la propia vida interior. El esquizofr?nico tipo ronda los veinte a?os y se halla en la cumbre del largo periodo de socializaci?n, que le ha estado preparando para su incorporaci?n a un rol en un puesto de trabajo. Pero ?l no es "adecuado" para este destino.

Hist?ricamente, resulta curioso que la esquizofrenia est? ?ntimamente relacionada con la industrializaci?n, como demuestra convincentemente Torrey en Esquizofrenia y civilizaci?n (1980).

En a?os recientes, Szasz, Foucault, Goffman11 y otros han llamado la atenci?n sobre los presupuestos ideol?gicos con que se contempla la 'enfermedad mental'. El lenguaje 'objetivo' encubre con eufemismos los prejuicios culturales, como en el caso de los 'des?rdenes' sexuales: en el siglo XI la masturbaci?n se consideraba una enfermedad, y tan s?lo en los ?ltimos veinte a?os la homosexualidad ha dejado de catalogarse como un trastorno psicol?gico.

Resulta claro el componente de clase que ha intervenido en los or?genes y en el tratamiento de las enfermedades mentales. Lo que se denomina comportamiento 'exc?ntrico' entre los ricos, merece entre los pobres el calificativo de desorden mental, y un tratamiento bastante diferente. Por otro lado, un estudio de Hollingshead y Redlich, Clase socia y enfermedad mental (1958), ha demostrado que los pobres se muestran mucho m?s susceptibles de llegar a una situaci?n emocional inestable. Roy Porter observ? que el loco, imaginando el poder en sus manos, siente la omnipotencia y la impotencia simult?neamente. Esto nos recuerda que la alienaci?n, la impotencia y la pobreza hacen que las mujeres sean m?s propensas a sufrir el colapso que los hombres. La sociedad hace que nos sintamos manipulados y, por tanto, desconfiados, 'paranoicos', ?y qui?n no
se deprime ante esta situaci?n? La distancia entre la neutralidad y el buen criterio alegados por el modelo m?dico y los crecientes niveles mermando as? la credibilidad de la industria sanitaria.

El fracaso de los anteriores m?todos de control social ha dado un gran impulso a la medicina psicol?gica, expansionista en esencia, en las ?ltimas tres d?cadas. El modelo terap?utico de la autoridad (y el poder del profesional, supuestamente libre de prejuicios, que lo respalda) se entremezcla cada vez m?s con el poder del estado, instituyendo una invasi?n del yo que ha conseguido llegar mucho m?s lejos que otros esfuerzos anteriores. "No existen l?mites para la ambici?n del control psicoanal?tico; si estuviera a su alcance nada se le escapar?a", seg?n Guattari.

Respecto a la medicaci?n aplicada a los comportamientos desviados hay tambi?n mucho que decir, aparte de las sanciones psiqui?tricas aplicadas a los disidentes sovi?ticos, o el conjunto de t?cnicas de control mental, incluyendo la modificaci?n del comportamiento, que se ha introducido en las prisiones de EE.UU. El castigo ahora se acompa?a del tratamiento, y el tratamiento introduce nuevas formas, m?s potentes, de castigo; la medicina, la psicolog?a, la educaci?n y el trabajo social adoptan progresivamente m?todos de control y disciplina m?s eficaces, al tiempo que la maquinaria legal se vuelve m?s m?dica, m?s psicol?gica y m?s pedag?gica. Pero este nuevo orden, que se asienta principalmente en el miedo y que necesita cada vez m?s de la cooperaci?n de aquellos a quienes va dirigido, no garantiza la armon?a c?vica. De hecho, con el fracaso generalizado de este nuevo orden, la sociedad de clases est? agotando sus t?cticas y excusas, dando lugar a nuevas bolsas de resistencia.

La concepci?n de lo que hoy se denomina "salud mental comunitaria" tiene sus or?genes en el Movimiento de Higiene Mental de 1908.

Situada en el contexto de la degradaci?n taylorista del trabajo llamada Gesti?n Cient?fica, y frente a una amenazadora corriente de militancia de los trabajadores, la nueva ofensiva psicol?gica se apoyaba en la siguiente premisa: "la agitaci?n individual llevada al extremo implica una mala higiene mental". La psiquiatr?a comunitaria representa una forma tard?a y nacionalizada de esta psicolog?a industrial, desarrollada para desviar las corrientes radicales de sus objetivos de transformaci?n social y reprimirlas bajo el yugo de la productividad dominante. Hacia los a?os veinte, los trabajadores se hab?an convertido en el principal objeto de estudio de los profesionales de las ciencias sociales, como Elton Mayo y otros, en un momento en que la promoci?n del consumo como estilo de vida se empezaba a descubrir como un buen m?todo para aliviar la inquietud colectiva e individual. Hacia finales de los a?os treinta la psicolog?a industrial "hab?a desarrollado ya muchas de las principales peculiaridades que hoy caracterizan a la psicolog?a comunitaria" como los tests psicol?gicos masivos, el equipo de salud mental, los consejeros auxiliares no profesionales, la terapia familiar, las consultas externas y el consejo psiqui?trico en los negocios, como se?ala Diana Ralph en Trabajo y locura (1983).

El mill?n de hombres rechazados por las fuerzas armadas durante la II Guerra Mundial debido a su 'ineptitud mental', y el constante aumento de dolencias relacionadas con el estr?s que se observ? desde mediados de los cincuenta, llamaron la atenci?n sobre la naturaleza enormemente paralizadora de la alienaci?n industrial moderna. Se solicit? ayuda financiera al gobierno, que respondi? con la legislaci?n federal de 1963 sobre Centros de Salud Mental Comunitaria.

Armada con drogas tranquilizantes, relativamente nuevas, para anestesiar a los pobres y a los parados, se inici? una nueva presencia estatal en ?reas urbanas hasta entonces fuera del alcance del ethos terap?utico. No es de extra?ar que algunos militantes negros vieran en estos servicios de salud mental un nuevo sistema, m?s refinado, de pacificaci?n policial y de vigilancia de los guetos.

Las tribulaciones del orden dominante, siempre intranquilo frente a las masas, fueron resueltas principalmente, como en tantas otras ocasiones, por la poderosa imagen que la ciencia hab?a creado sobre la normalidad, lo saludable y lo productivo. La autoinspecci?n implacable, en funci?n de los c?nones de normalidad represiva establecidos por la Sociedad Psicol?gica, es la mejor aliada de la autoridad. La familia nuclear, en su momento, proporcion? el soporte ps?quico de lo que Norman O. Brown llamaba "la pesadilla del progreso tecnol?gico en expansi?n infinita". Considerada por algunos como un basti?n frente al mundo exterior, siempre ha funcionado como cadena de transmisi?n de la ideolog?a reinante, m?s concretamente como el lugar donde se origina la psicolog?a introvertida de las mujeres, donde se legitima su explotaci?n social y econ?mica y donde se ocultan las insatisfacciones sexuales.

Mientras tanto, la preocupaci?n del estado por los ni?os conflictivos o delincuentes, no es sino otro aspecto del poder que se arranca a la familia, como han estudiado Donzelot y otros. En virtud de la imagen de lo que es bueno en t?rminos m?dicos, el estado gana terreno y la familia pierde progresivamente sus funciones. Rothbaum y Weisz, en Psicopatolog?a infantil y la b?squeda del control (1989), discuten el ascenso fulgurante de su profesi?n; La sociedad psiqui?trica (1982) de Castel, Castel y Lovell vislumbraba el d?a, no tan lejano, "en que la infancia estar?a totalmente regida por la medicina y la psicolog?a". De hecho, en algunos aspectos ya encontramos esta tendencia: James R. Schiffman, por ejemplo, escribi? sobre uno de los s?ntomas de las familias destrozadas en "Aumenta de forma alarmante la cantidad de adolescentes que acaban en hospitales psiqui?tricos" (Wall Street Journal, 3 febrero 1989).

La terapia es un ritual clave de esta religi?n psiqui?trica que nos invade. Los miembros de la Asociaci?n Psiqui?trica Americana se elevaron de 27.355 en 1983 a 36.223 a finales de los ochenta. En 1989, un r?cord de veintid?s millones de personas visitaron a los psiquiatras y a otros terapeutas; estos gastos se cubr?an, total o parcialmente, con diversos planes de seguros. Teniendo en cuenta que tan s?lo una peque?a minor?a de aquellos que practican alguna de las aproximadamente quinientas variedades de psicoterapia, son psiquiatras o especialistas reconocidos por los seguros m?dicos, nos podemos imaginar la magnitud del mundo de la terapia en la sombra. Philip Rieff consideraba el psicoan?lisis como "uno m?s de los m?todos para aprender a soportar la soledad producida por la cultura"; en mi opini?n esta definici?n se acerca bastante a las relaciones que se producen en la terapia, curiosamente distantes, circunscritas a esa situaci?n artificial, y asim?tricas. La mayor parte del tiempo una persona habla y la otra escucha. El cliente casi siempre habla de s? mismo y el terapeuta casi nunca lo hace. El terapeuta elude escrupulosamente cualquier
contacto social con los clientes, lo que les recuerda que no han estado hablando con un amigo, am?n de los estrictos l?mites de tiempo que encierran un espacio divorciado de la realidad diaria.

De modo similar, la naturaleza puramente contractual de la relaci?n terap?utica, garantiza que en toda terapia se reproduzcan inevitablemente los mecanismos de la sociedad alienada. Tratar con la alienaci?n mediante una relaci?n pagada por horas supone pasar por alto la similitud entre terapeuta y prostituta, seg?n los rasgos antes enumerados.

Gramsci12 defin?a al 'intelectual' como "el funcionario responsable del consenso", una formulaci?n que tambi?n encaja con el rol del terapeuta. Al dirigir a otros para que concentren su "energ?a volitiva fuera del territorio social", como expresaba Guattari, los manipula para que acepten las constricciones de la sociedad. Al evitar todo enfrentamiento con las circunstancias sociales en las
que se han desarrollado las experiencias de los clientes, el terapeuta refuerza la influencia de estas categor?as sociales. Intenta centrar la atenci?n de los clientes en las ?reas llamadas 'reales', es decir, la vida personal y la infancia, dejando al margen todo lo relacionado con el trabajo y la sociedad.

La salud psicol?gica, objetivo de la terapia, es en su mayor parte un proceso educativo; el cliente es llevado a aceptar la metaf?sica y las asunciones b?sicas del terapeuta. Francois Rousrang, en El psicoan?lisis nunca te deja marchar (1983) se cuestionaba porqu? un m?todo terap?utico "cuyo objetivo expl?cito es lograr el desarrollo de una 'capacidad de disfrute y eficiencia' (Freud), acaba tan a menudo en alienaci?n, bien porque el tratamiento se vuelve interminable, o bien porque (el cliente) adopta el discurso, el pensamiento, las tesis y los prejuicios del psicoanalista".

Desde el famoso art?culo de Hans Lysenko en 1952, "Los efectos de la psicoterapia", innumerables estudios han validado este descubrimiento: "Las personas que han recibido psicoterapia intensa y prolongada no se encuentran mejor que aqu?llas en situaciones equivalentes a las que no se ha proporcionado tratamiento durante el mismo intervalo de tiempo". Por otra parte, no cabe duda de que la terapia y el consuelo hacen que mucha gente se sienta mejor, independientemente de los resultados concretos. Esta anomal?a probablemente se deba al hecho de que los consumidores de terapia creen que han sido cuidados, reconfortados, escuchados. En una sociedad cada d?a m?s fr?a, esto no es poco. Tambi?n es cierto que la Sociedad Psicol?gica condiciona a sus sujetos para culparse a s? mismos, y que aquellos que m?s sienten la necesidad de una terapia suelen ser los m?s f?cilmente explotables: los m?s solitarios, los m?s inseguros, los nerviosos, los depresivos, etc. Es f?cil recordar aqu? el viejo dicho: Natura, sanat, medicus curat (La naturaleza sana, el m?dico/consejero/terapeuta cura). Pero ?d?nde qued? lo natural en este mundo alienado, lleno de dolor y soledad, en el que nos encontramos? Ya no existe la posibilidad de rehacer el mundo. Si la
terapia consiste en curar, qu? otra posibilidad queda sino transformar este mundo, lo cual supondr?a, por supuesto, el fin de la 'sociedad de la terapia'. La Internacional Situacionista declaraba en 1963, con este mismo esp?ritu: "Antes o despu?s, la I. S. debe definirse a s? misma como terap?utica".

Por desgracia, conforme avanz? la d?cada, las grandes causas comunitarias adquirieron una orientaci?n espec?ficamente terap?utica, principalmente cuando el esp?ritu de los sesenta se fragment? en esfuerzos menores, m?s idiosincr?sicos. La idea predominante en un principio de que "lo personal es lo pol?tico" dio paso a las preocupaciones meramente personales, mientras la derrota y la desilusi?n se impon?an sobre el activismo ingenuo.

Nacido de las respuestas cr?ticas al psicoan?lisis freudiano, que dirig?a sus miras hacia las fases m?s tempranas del desarrollo humano, durante la infancia, el Movimiento de Potencial Humano comenz? a mediados de los sesenta y se consolid? a principios de los setenta. Basado en el ego consciente postfreudiano, el Movimiento de Potencial Humano populariz? todo un men? de
terapias, que inclu?a seminarios de crecimiento personal, t?cnicas de conciencia corporal y disciplinas espirituales orientales. Casi oculto por esa marea de soluciones parciales yace un elemento potencialmente subversivo: la noci?n de que la vida "puede ser un tiempo de posibilidades infinitas y gozosas", como lo expresaba Adelaide Bry. La necesidad de alivio instant?neo del sufrimiento ps?quico foment? una preocupaci?n creciente por la dignidad y el pleno desarrollo del individuo. Daniel Yankelovich (Nuevas Reglas, 1981) vio la importancia cultural de esta b?squeda, concluyendo que, hacia finales de los a?os setenta, un ochenta por ciento de los
americanos practicaba esta b?squeda terap?utica de transformaci?n.

Pero los m?todos privatizados del Movimiento de Potencial Humano, que alcanzaron su m?ximo nivel con la Sociedad Psicol?gica, fueron incapaces, obviamente, de cumplir sus promesas de ruptura duradera y real. Arthur Janov reconoc?a que "todos en esta sociedad sufren mucho", pero no plante? ninguna reflexi?n cr?tica sobre la sociedad represiva que provocaba este sufrimiento. Su t?cnica del Grito Primigenio se califica como la cura m?s ridicula de los a?os setenta. La promesa de plenitud y poder que ofrec?a la cinesiolog?a consist?a fundamentalmente en tecnolog?as bioelectr?nicas ideadas para socializar a la gente de acuerdo con una visi?n del mundo y un

objetivo autoritarios. La popularidad de grupos de culto como los Moonies recuerda a los procesos para los no iniciados: aislamiento, p?rdida, expectaci?n y sugesti?n; los lavados de cerebro y la b?squeda con connotaciones cham?nicas son utilizados por ambos.

Hablando de manipulaci?n psicol?gica intensiva, los Seminarios de Preparaci?n de Werner Erhard fueron los m?s populares y, en cierto modo, el fen?meno m?s caracter?stico del Potencial Humano. Su fundador hizo una fortuna ayudando a los adeptos a sus seminarios a "elegir convertirse en lo que son". Con la cl?sica f?rmula de culpar a la v?ctima, Erhard llev? a la gran masa de sus seguidores a una aceptaci?n casi religiosa de una de las mentiras b?sicas del sistema: sus disc?pulos eran d?cilmente conformistas porque "aceptaban su responsabilidad", la responsabilidad de haber creado las cosas tal como son. La Meditaci?n Trascendental se mercantiliz?, ayudando a sus adeptos a lograr una incorporaci?n pasiva en la sociedad. La supuesta utilidad de la Meditaci?n Trascendental para ajustarse a los variados "excesos y tensiones" de la sociedad moderna era uno de los
principales argumentos de venta a las empresas, por ejemplo.

Atrapados en un mundo extremadamente racionalizado y tecnol?gico, los investigadores del Potencial Humano buscaban el desarrollo personal, la proximidad emocional y, por encima de todo, la sensaci?n de tener alg?n control sobre sus vidas. Los bestsellers de autoayuda de los setenta, como Poder, Tus zonas err?neas. C?mo tomar el control de tu vida. Automaci?n, Buscando el uno
y Rompiendo tus propias cadenas, insisten en el tema del control. La doctrina de la realidad como una construcci?n personal, requer?a un control claramente definido. Una vez m?s, la aceptaci?n de la realidad social como presupuesto supon?a que "un entrenamiento de la sensibilidad", por ejemplo, pod?a traducirse en una gran insensibilidad hacia la mayor parte de la realidad, dando lugar a una mayor alienaci?n, mayor ignorancia y mayor sufrimiento.

El Movimiento de Potencial Humano lleg? al menos a popularizar la idea del fin de las enfermedades, aunque fracas?, al no poder hacer realidad dicha promesa. El conjunto de nuevas terapias invadi? de forma apabullante la vida diaria, entrando en competencia con el antiguo modelo 'cient?fico' de comportamiento, principalmente freudiano. En cuanto a las expectativas terap?uticas, apareci? una esperanza fundamental, m?s all? del pensamiento positivo o del
confesionalismo vac?o.




Una forma com?n de autoayuda, que representa claramente un avance respecto a la terapia tradicional bajo la direcci?n de un experto, y respecto al adiestramiento comercializado de masas, como las 'presentaciones' y 'seminarios', es el famoso 'grupo de apoyo'. Basados en la igualdad de los miembros del grupo y ajenos a toda comercializaci?n, los grupos de apoyo para distintos tipos de dolencia emocional se han cuadruplicado en n?mero durante los ?ltimos diez a?os.

Cuando estos grupos no est?n basados en la sujeci?n del individuo a un 'Poder Superior' y en la llamada 'ideolog?a de los doce pasos', como ocurre con los grupos 'an?nimos' (p. e. Alcoh?licosAn?nimos), proporcionan una gran fuente de solidaridad y trabajan contra el aislamiento y la alienaci?n que supone tratar la enfermedad o la dolencia al margen del contexto social.

Si el Movimiento de Potencial Humano pensaba que era posible la creaci?n de una nueva personalidad para transformar as? la vida, la corriente de la Nueva Era se ajusta m?s al eslogan "Crea tu propia realidad". Si se tiene en cuenta que la desolaci?n gana terreno a diario, parece deseable crear una realidad alternativa (el eterno consuelo de la religi?n). La Nueva Era, en vertiginosa expansi?n desde mediados de los ochenta, es en esencia una negaci?n religiosa de la realidad, m?s determinante que la evasi?n psicologista reinante.

La religi?n se inventa un territorio de no alienaci?n para compensar el actual; la filosof?a de la Nueva Era anuncia el advenimiento de un tiempo de paz y armon?a, que transformar? radicalmente el inaceptable estado presente. Se trata de una religi?n sin exigencias, ecl?ctica, un sustituto al materialismo donde vale cualquier b?lsamo, cualquier sinsentido oculto: canalizaci?n, curaci?n con cristales, reencarnaci?n, rescates realizados por OVNIs, etc. "Es cierto si t? lo crees".

Todo va bien, al menos mientras marche conforme a lo que ordena la autoridad: la ira es perjudicial y la 'negatividad' es una circunstancia que hay que evitar a toda costa. Se supone que la Nueva Era tiene sus ra?ces en el feminismo y la ecolog?a; pero tambi?n el movimiento nazi tuvo su origen en los trabajadores militantes (recu?rdese el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes). Lo cual nos lleva a la principal influencia de la Nueva Era, Carl Jung. Es desconocido o resulta irrelevante para estos buscadores de la felicidad suprema que no 'juzgan' el hecho de que, en su intento por resucitar todas las viejas creencias y mitos, Jung no era tanto un psic?logo como una figura de la teolog?a y la reacci?n. Es m?s, como presidente que fue de la Sociedad Internacional de Psicoterapia entre 1933 y 1939, dirigi? su secci?n alemana, estrechamente relacionada con el movimiento nazi, y coedit? el Bolet?n de Psicoterapia junto con M. H. G?ring, primo del Mariscal del Reich del mismo nombre.

Desde la aparici?n de Condiciones fronterizas y narcisismo patol?gico (1975) de Otto Kernberg, y de La cultura del narcisismo de Christopher Lasch (1978), ha ido tomando fuerza, aparentemente, la idea de que 'los des?rdenes de la personalidad narcisista son el ep?tome de lo que nos sucede a todos, y representan la 'estructura subyacente' de nuestra era. Narciso, la imagen del amor a uno mismo y de la constante b?squeda de satisfacci?n, ha reemplazado a Edipo, con sus componentes de culpa y represi?n, como el mito de nuestro tiempo; esta corriente ha sido proclamada y aceptada m?s all? de la comunidad freudiana. Este cambio, que se viene produciendo desde los a?os sesenta, parece guardar mayor relaci?n con la b?squeda del autodesarrollo del Potencial Humano que con la de Nueva Era, cuyos devotos se toman sus propios deseos menos en serio. Las f?rmulas comunes de la Nueva Era, tales como "t? eres infinitamente creativo", "t? tienes un potencial ilimitado", pecan de promover entre aquellos que dudan de sus capacidades de cambio y crecimiento un deseo de satisfacci?n vago, vacunado contra la ira. Aunque el concepto de narcisismo resulta algo escurridizo cl?nica y socialmente, a menudo se manifiesta de un modo tan agresivo que asusta a los partisanos de la autoridad tradicional.

Debemos a?adir que la preocupaci?n del Potencial Humano por "conectar con los propios sentimientos" no era, ni mucho menos, tan fuertemente autoafirmativa como la del narcisismo,donde los sentimientos, principalmente la ira, son m?s poderosos que cualquier b?squeda de autoafirmaci?n.

La cultura del narcisismo de Lasch, donde el autor hace un an?lisis social de la transici?n de Edipo a Narciso, todav?a tiene una extraordinaria influencia; se le ha dado un gran eco y mucha? publicidad por parte de aquellos que lamentan este alejamiento del sacrificio interiorizado y del respeto hacia la autoridad. El 'nuevo izquierdista Lasch demostr? ser un freudiano estricto y profundamente conservador, con su mirada nost?lgica hacia los d?as de la conciencia autoritaria apoyada en una fuerte disciplina social y paternal. No hay huellas de rebeld?a en la obra de Lasch, que se acoge al orden represivo existente como la ?nica moralidad disponible. De igual modo, Neil Postman muestra su agrio rechazo a la personalidad narcisista "guiada por el impulso", en Divirti?ndonos hasta morir (1985). Postman moraliza sobre el declive del discurso pol?tico, que nunca m?s ser? "serio", sino "marchito y absurdo"; una circunstancia causada por la actitud com?nmente extendida de anteponer "el divertimento y el placer" a "un compromiso serio con lo p?blico". Cabe mencionar tambi?n a Sennett y a Bookchin, dos radicales que contemplan la retirada narcisista del marco pol?tico actual como cualquier cosa menos positiva o subversiva. Pero hasta un freudiano ortodoxo como Russell Jacoby reconoc?a que en la corrosi?n del sacrificio, "el narcisismo abriga una protesta en nombre de la salud y la felicida individuales", y Gil?es Lipovetsky consideraba que el narcisismo franc?s hab?a nacido durante las revueltas de mayo del 68.

De modo que el narcisismo es algo m?s que la ubicaci?n del deseo en uno mismo, o la necesidad de mantener la identidad y la autoestima. Cada vez hay m?s gente 'narcisistamente preocupada; esto es producto de la falta de amor, de la alienaci?n extrema de una sociedad dividida y de su empobrecimiento cultural y espiritual. El narcisista posee un profundo sentimiento de vac?o, unido a una rabia sin l?mites y oculta a menudo bajo la superficie, causada por la sensaci?n de dependencia que provoca una vida de dominaci?n.

La teor?a freudiana atribuye el rasgo de la rebeld?a a un inmaduro "estancamiento en el erotismo anal", ignorando por completo el contexto social; Lasch expresa su miedo al "resentimiento e insubordinaci?n" narcisistas, con una defensa paralela de la existencia opresiva. El deseo iracundo de autonom?a y valoraci?n propia trae a la mente otro conflicto de valores que se relaciona con el valor en s? mismo. En cada uno de nosotros habita un narcisista que quiere ser amado por s? mismo y no por sus capacidades, ni siquiera por sus cualidades. Valor de por s?, intr?nseco, una orientaci?n peligrosamente antiinstrumental, anticapitalista. Para un terapeuta como Arnold Rothstein, "esta expectativa de que el mundo nos gratifique, s?lo porque lo deseamos" es repugnante. Prescribe un largo tratamiento de psicoan?lisis que, en ?ltima instancia, permitir? una aceptaci?n de "la relativa pasividad, el desamparo y la vulnerabilidad impl?citas en la condici?n humana".

Otros autores han visto en el narcisismo el ansia por un mundo cualitativamente diferente. Norman O. Brown se refer?a a su proyecto de "uni?n amorosa con el mundo"; la feminista Stephanie Engel ha argumentado que "la llamada al recuerdo de la dicha narcisista original nos empuja a un sue?o de futuro". Marcuse ve?a el narcisismo como un elemento esencial del pensamiento ut?pico, una estructura m?tica que celebra y anhela la plenitud. La Sociedad Psicol?gica ofrece, por supuesto, todo tipo de comodidades (desde ropa y coches hasta libros y terapias) para cada estilo de vida, en un esfuerzo vano por mitigar el apetito dominante de autenticidad. Debord afirmaba acertadamente que cuanto m?s cedamos al reconocimiento de nuestro yo en las im?genes predominantes de las necesidades, menos entenderemos nuestra propia existencia y nuestros deseos. Las im?genes que la sociedad nos proporciona no nos permiten sentirnos reconfortados como parte de esa sociedad, en su lugar nos invade una furibunda y ansiosa sensaci?n de desorientaci?n y negaci?n, que convierte el 'narcisismo' en una configuraci?n subversiva del sufrimiento.

Hace dos siglos, Schiller hablaba de la "herida" que la civilizaci?n ha infligido a la humanidad moderna: la divisi?n del trabajo. Al anunciar la era del "hombre psicol?gico", Philip Rieff distingu?a una cultura "donde la t?cnica est? invadiendo y conquistando al ?ltimo enemigo: la vida interior humana, la misma psique". En la cultura de nuestra era burocr?tica e industrial, el delegar en expertos para que interpreten y eval?en la vida interior es el logro m?s maligno y opresor de la divisi?n del trabajo. Conforme nos hemos ido alienando de nuestras propias experiencias, que son procesadas, estandarizadas, etiquetadas y sujetas a un control jer?rquico, surge la tecnolog?a como el poder oculto tras nuestra miseria y como la principal forma de dominaci?n ideol?gica.

De hecho, la tecnolog?a ha llegado a reemplazar a la ideolog?a. La fuerza que nos deforma se manifiesta constantemente, mientras que las ilusiones son expulsadas mediante el sufrimiento.

Lasch y otros pueden ofenderse e intentar ignorar la naturaleza exigente del esp?ritu 'psicol?gico' contempor?neo, pero para muchos est? cobrando importancia, aun cuando el resultado sea igual de confuso.

As? la Sociedad Psicol?gica puede estar fallando al desviar, o incluso demorar, el conflicto mediante su pregunta favorita, "?puede uno cambiar?". La pregunta real es si podemos obligar a cambiar al "mundo que refuerza nuestra incapacidad para cambiar", hasta que resulte irreconocible.

Tags: Psicología

Publicado por Tepezcuintly @ 9:15  | Educacion y Cultura
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Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 26 de abril de 2007 | 9:39
la culpa la tiene ARENA verdad? o no?
Publicado por Invitado
Jueves, 26 de abril de 2007 | 9:43
y voz crees que la mara lee toda esta basura que has puesto? Que sufrimiento verdad, pobrecitas las masas, voten por el fmln porque el SI los quiere mucho.
Publicado por Invitado
Jueves, 26 de abril de 2007 | 11:45
Me gustan algunas cosas "largas", pero este post esta demasiado laaarrrrgo! uy!! Recuerdese que a nosotros los arenazis NO nos gusta leer mucho, solo nos gustan las cosas faciles.. algo asi como en los examenes que te dan dos respuestan y escoges la que mas te gusta sin necesidad de andar escribiendo parrafos largos.
Que vivan los inteligentes arenaziscomo yo! que sin andar leyendo tanto lo sabemos todo!( solo leemos el diario de hoy)
Publicado por Invitado
Jueves, 26 de abril de 2007 | 13:00
Escribi al grano cipote!!

Mucha abarcas poco aprietas!!!
Publicado por Victor
Viernes, 27 de abril de 2007 | 1:54
Un par de se?alamientos, como psic?logo y como salvadore?o.

En primer lugar me parece bastante irrelevante tomar un art?culo orientado a la sociedad norteamericana, como base para entender cuestiones que no son tan simples y tan generalizables. Muy anarquista o revolucionario ser? Zerzan, pero el car?cter pol?tico del autor no trasciende el hecho que el documento que transcrib?s es una cr?tica al modelo gringo y que no se apega con el trabajo que se hace en psicolog?a en El Salvador y en Latinoam?rica y el intento por superar las taras de la psicolog?a gringa, muy marcada por el modelo m?dico, el individualismo, atenida a las formas y no al fondo.
Publicado por Victor
Viernes, 27 de abril de 2007 | 2:02
- Sigo con mi comentario -

El autor toma del conocimiento psicol?gico la parte que le conviene, en tanto desecha aportes relevantes hechos desde otras perspectivas de una ciencia que es mucho m?s que dar terapia y hacer reuniones de grupo (es la conclusi?n que se extrae del articulo) y que intentan superar el error denominado psicologismo - atribuir cuestiones individuales como causas de fen?menos sociales, como la delincuencia, por ejemplo -. No toda la psicolog?a es psicolog?a cl?nica, no toda la psicolog?a cl?nica est? basada en Freud, hay m?s que hacer diagn?sticos de trastornos mentales. No se trata de dar excusas al sistema y asi favorecer su reproducci?n, a la larga cada hallazgo de investigaci?n desentra?a los perversos efectos del mismo sistema en que vivimos.
Publicado por Victor
Viernes, 27 de abril de 2007 | 2:17
- Finalizo con ?sto -

Lo que intento, en suma, es apuntar que antes de poner ?sta clase de documentos, valdr?a la pena que considerases revisar qu? se ha dicho ac? al respecto, no solo porque vale la pena poner las cosas que se hacen ac?, si no porque adem?s lo que dijo este se?or no se aplica a esta realidad, como deja ver la introducci?n breve que hac?s.

Lo que dice Zerzan no es ni cercano a nuestra realidad y para terminar de joder tampoco parte de una perspectiva amplia, que incluya aquellas subramas de la ciencia psicol?gica que abordan la interaccion individuo sociedad, y mucho m?s que eso. Por cierto, tambien valdr?a la pena considerar que el autor mezcla psicolog?a, psiquiatr?a y psicoan?lisis en un arroz con mango bastante complicado de tragar, agarrando solo aquello que conviene para su planteamiento.

Habr?n otras cosas pero ya dije mucho. Espero consider?s ir un poco m?s all? en este tema, para la pr?xima.

Victor
Publicado por balaperdida
Viernes, 27 de abril de 2007 | 23:31
Gracias por tu comentario Victor me parece que en tres parrafos explicaste mejor lo que el Tepez no pudo en un gran rollo, que quiz? ni ?l ha le?do. El problema del Tepez es que como anda de novio de una diputada del fmln no tiene tiempo de escribir y solo copia lo que dicen por otro lado.
El excelentisimo Hunnapuh deber?a de escribir un post titulado: "El amor en los tiempos del Tepez".