El Sábado de Gloria.
El Sábado de Gloria amanecíamos cansados. No era para menos el trajín del Viernes Santo. A buen ocho de la mañana estábamos en la iglesia para empezar el Vía Crucis, recorríamos toda la ciudad de Santa Ana, de estación en estación; al medio día la crucifixión que duraba hasta las tres de la tarde.
La crucifixión se realizaba en la iglesia del Carmen, allí en medio de un calor agobiante, agravado por el lleno total, crucificaban a Jesucristo, muchos lloraban, mas de alguna señora se desmayaba.
Luego al final de la tarde el Santo Entierro, nosotros nos echábamos dos procesiones, la del barrio San Lorenzo en la tarde y la de Catedral en la noche. Con esta procesión volvíamos a recorrer las calles principales de la ciudad.
Por ello el Sábado de Gloria los cipotes no queríamos ni levantarnos. Lo peor es que teníamos que bañarnos. Cualquier día nos podían perdonar la bañada, menos el Sábado de Gloria. Para unos bañarse ese día daba buena suerte, para otros, servía para lavarnos los pecados cometidos durante todo el año. Ese día no valía tener calentura o andar con tos.
Después venía la pijiada, era necesario recibir unos cuantos azotes para crecer. Miren al tío nacho que se quedó enano pues nadie lo pijió en Sábado de Gloria, nos decían las otras tías. Quien te quiere te aporrea, decía una vecina, convencida de que creceríamos, de que tendríamos una buena estatura.
Yo logré el 1.80 mts. de estatura gracias a seis Sábados de Gloria seguidos en que me azotaron. Lástima que el séptimo año ya corría mas rápido y no me pudieron alcanzar, pues talvez hubiera alcanzado el 1.90.
Pero después de la bañada y la vergueada venían los premios de consolación, los mangos en miel, las torrejas y los jocotes en miel. En esos años, estos exquisitos manjares se hacían en casa y con materiales cien por ciento naturales. Pero pronto los podremos adquirir enlatados, pues ya los chinos se llevaron esas recetas.
La otra ventaja del Sábado de Gloria, es que podíamos correr y jugar de nuevo. Después de varias semanas de cuaresma, en que poco a poco se iban prohibiendo los juegos, no se podía hablar fuerte, mucho menos una mala palabra; el Sábado de Gloria era como liberarse.
Además el Viernes Santo no solo no se podía correr, teníamos que caminar despacito y hablar en voz baja. Contaban que un niño que desobedeció la orden de no correr, se lo tragó la tierra. Que para castigo de Dios, quedó solo con la cabeza por fuera. Así lo tenían que alimentar, hasta que se murió.
Otro niño que dijo una mala palabra en Viernes Santo se le cayó la lengua. Nunca pudo volver a hablar.
Por la noche, después de las 10 PM todos a la iglesia, para estar presentes en los actos litúrgicos donde Jesucristo resucitaría. En esos días Jesucristo resucitaba a las 12 de la noche, al nomás comenzar el Domingo. El problema era que los cipotes no aguantábamos tanto tiempo despiertos, cuando llegaba la hora de la resurrección, estábamos en el quinto sueño, amontonados en la banca de la iglesia.
Así terminaba el Sábado de Gloria.
Ayutuxtepeque, viernes, 06 de abril de 2007.
A mi, mi abuela me prohibía, el viernes santo que me bañara, ya que si lo hacia corría el peligro de convertirme en pescado. Tampoco se le permitía en la casa comer carme toda la semana mayor.
Lo mas triste era el Vía Crucis, yo terminaba hasta viendo lucitas de la gran asoleada.
Lo chivo era ir a patear las alfombras en el santo entierro, yo lo hacía con miedo porque pensaba que era pecado.