La vida es corta. Realmente así es. Muchos la vamos apreciando en cuanto vamos aumentando el número de años de existencia. Llegamos al mundo a través de una mujer, quien en su tiempo lo hizo a través de otra mujer y de esa manera las generaciones van llegando, viviendo, pasando y muriendo.
Crecemos en un mundo donde creemos que la posesión de cosas es la base de la felicidad y vivimos a diario queriendo alcanzar esas cosas como base para vivir bien hoy y lo del futuro.
Mucha gente se prepara, con esfuerzo especialmente hoy en día, para hacer frente al futuro; y éste suele ser un tanto incierto. Sorprende que, por el contrario, a menudo no se quiera reflexionar sobre el único dato cierto que tenemos del porvenir de cada uno de nosotros: nuestra finitud, que se rechaza o hasta se reniega de ella.
Es obvio que si no abrazamos con alegría el hecho de tener que morir, no podemos abrazar con plenitud de alegría nuestra vida que es mortal. Ser mortal significa que existimos. En este mundo sólo los que no existen son los que no mueren. Con coherencia, pues, cada uno puede decir: "He de morir, ¡qué bien!, eso quiere decir que existo".
El derecho a morir con dignidad parece ir adquiriendo cada vez más su estatuto en nuestra sensibilidad contemporánea. A pesar de verse aún repetidamente conculcado, son cada vez más quienes lo afirman como aspecto insoslayable de todo ser humano. Sin embargo, conviene profundizar en su exacta significación y hacerlo desde una reflexión filosófica que tenga en cuenta las aportaciones de la ciencia.
Aunque los avances científicos hayan conseguido alargar notablemente las esperanzas de vida del promedio de la población, ello no obstante, es un hecho aún evidente que todo ser existente es mortal. Podríamos decir que sólo aquellos que no existen, los personajes de ficción, no mueren. Tal constatación, por otra parte evidente, de nuestra finitud radical, no debe ser menospreciada ni olvidada si queremos tener firmemente las riendas de nuestra vida.
Además, el gozo de vivir tiene su correlato en el gozo de morir. El ser humano no sería coherente si dijera que se alegra de vivir y no se alegrase igualmente de morir, porque precisamente cifra su gozo en una existencia que es mortal.
La muerte, además, constituye la prueba más fehaciente de que un día no éramos, que empezamos a ser y que estamos siendo. Si una minucia pudo dar al traste nuestro engendramiento, también una minucia puede poner fin a nuestros días.
Ciertamente esta aceptación no es fácil. Incluso si uno puede llegar a aceptar con gozo el hecho de ser mortal (porque o es así o no es), lo que más puede costarle es aceptar la muerte de sus seres queridos aunque esa aceptación fluya coherentemente de la primera.
Muchos por circunstancias de la misma vida, no logran alcanzar metas de acuerdo a sus planes y buscan “atajos” para obtener sus ingresos onerosos. Al final, todo se queda, nada se va con nosotros en el aspecto material. Lo importante es saber si realmente hoy en vida estamos cumpliendo con buscar el bien y enseñar a las generaciones que continuaran las riendas del apellido, de los negocios, de la política, de los destinos de una nación.
La Muerte hay que tratarla como una hermana, allí esta cerca, frágil amenaza de la vida, hay que cuidarla y no temerle. Hay quienes sufren cada vez que viajan en carretera o en avión. En esos momentos se sienten sumamente frágiles, vulnerables. El sonido de un reventón de una llanta, un golpe de sueño, una avería en los motores, y cambia toda una existencia, o llega, inesperada, la temida muerte.
Estos temores pueden crear angustias patológicas, pero bien aprovechados pueden ayudarnos a recordar lo frágil que es la vida humana.
Basta un hueso en la garganta, un golpe de aire frío tras un partido de fútbol, un resbalón en la escalera, una teja que se desprenda desde el techo, para que los proyectos más elevados, los sueños más queridos, queden encerrados en un cuerpo que otros miran llenos de compasión y de nostalgia.
Es bueno hacer, con cierta frecuencia, un sencillo, un breve ejercicio: pensar en la muerte, en mi muerte. Quizá cuando me acuesto, en esos momentos en los que recordamos las aventuras del día o programamos lo que será el mañana, podemos pensar: ¿y si fuese mi última noche?
No podemos hacer esta reflexión solos, como si nadie nos amase. Nuestra vida interesa a tantas personas, algunas que conocemos, otras que nos necesitan y nos esperan sin que quizá nos demos cuenta. Interesa, de modo especial, a Dios, que sueña en vernos felices, en que seamos buenos, en que le amemos y que amemos al hermano.
Pensar en la muerte ante los ojos de Dios. Su mirada, esta noche, es más profunda, más intensa. Me ve. ¿Cómo me siento ante su amor, su misericordia, su respeto? Me dio la vida sin pedirla, me ha mantenido en ella en esa caída aparatosa, en esas fiebres desconocidas, en esa curva inesperada que puso a prueba nuestros reflejos. Me ha dado los años que puedo contar hasta este momento, con las oportunidades de dar, con las invitaciones a servir, con las caricias que me brindó a través de las manos de mis padres, con la ayuda que me ofreció con ese amigo fiel que me sacó de apuros.
El sueño va cerrando los párpados. La habitación, a oscuras, susurra silencios imprevistos. Tal vez, sobre mi frente, se posarán unos labios para desearme buenas noches.
Todo termina. Si Dios quiere, pronto nos veremos, me dirá lo mucho que me quiso, me abrazará como el Padre que espera al hijo que más de una vez se alejó de casa entristecido.
Quizá todo termine... O quizá, de repente, suene la alarma y salte la luz del techo. Inicia un nuevo día. Dios me da 24 horas para darle gracias y para prepararme a su encuentro.
En honor y respeto para TODOS aquellos que partieron hacia el mas alla en este pais.
Paz en su tumba
Uno sabe que el milagro de existir no se repetirá, que tiene sólo esta vida para cumplir sus sueños, sólo estos años para realizarse, sólo estos días y estas noches para ser feliz con las personas que ama, entonces se cuidará muy bien de maltratar el tiempo, de perderlo en trivialidades, de desperdiciar las oportunidades. Vivirá cada minuto con intensidad, pondrá lo mejor de sí en cada encuentro, y no permitirá que se le escape ninguna coyuntura que la vida le ofrezca. Sabe que no retornarán.
a lo largo de la vida, el hombre trabaja un promedio de 136.000 horas; duerme otras 210.000; come 3.360 kilos de pan, 24.360 huevos y 8.900 kilos de verdura; usa 507 tubos de dentífrico; se somete a 3 intervenciones quirúrgicas; se afeita 18.250 veces; se lava las manos otras 89.000; se suena la nariz 14.080 veces; se anuda la corbata en 52.000 oportunidades, y respira unos 500 millones de veces.
"Nelson: le harías un gran favor a los salvadoreños si decidieras morirte pronto. Te prometemos regalarte un cajón de caoba y pedirle a Tony KK que llore en tu entierro.
Si nos haces el favor, millones de salvadoreños te estaremos eternamente agradecidos y prometemos no irnos a miar a tu tumba".
Que comentario mas pobre e ignorante, No habia nesesidad de esto.