Todos los hombres nacemos como originales, pero a veces nos limitamos a ser nada más que unas copias iguales. Entonces, no correspondemos a la llamada personal y única que hemos recibido al entrar en este mundo: ¡Ser uno mismo. Ser el que ve y decide desde siempre. Cada hombre puede ofrecer al mundo muchas sorpresas, aportar pensamientos nuevos, soluciones originales, actuaciones únicas. Es capaz de vivir su propia vida, y de ser fuente de inspiración y apoyo para los demás.
Si una persona no utiliza sus piernas para caminar, la consideramos “rara” o probablemente enferma; pero si no usa su entendimiento para pensar, ni su voluntad para decidir, casi no nos damos cuenta de su estado peligroso, porque estamos acostumbrados a no vivir a la altura de nuestras mejores posibilidades: con frecuencia, no realizamos la capacidad más rica y profunda que tenemos: nuestra libertad.
En efecto, nadie debe convertirse en un “autómata político”, sin rostro ni originalidad. A veces, conviene recobrar la mirada del niño, para abrirnos a la propia novedad --y a la de cada persona--, y así descubrir el desafío que encierra cada situación. El mundo será lo que nosotros hagamos de él. Al menos, nuestra vida es lo que hacemos de ella.
En nuestras sociedades hay “cadenas de oro”. Reina la tiranía de las masas y de las costumbres. No es difícil descubrir una poderosa corriente colectivista que tiende a despojarnos de lo más recóndito de nuestro ser, con el fin de igualar y masificar a los hombres, si no a todos, por lo menos a los que pertenecen a un determinado partido, a una asociación concreta, una comunidad, una página web a un equipote fútbol o un club de golf.
Está de moda el cantar al unísono, (el pueblo unido jamás será vencido, patria si comunismo no) el vestirse con la misma ropa, recurrir a los mismos argumentos prefabricados, con las mismas palabras, la misma mirada e incluso la misma sonrisa.
Hay personas que ni se dan cuenta de sus cadenas. Se acomodan al espíritu general que les parece obvio. Pero lo que ellas sienten, piensan o dicen, no es cosa suya; son los sentimientos, pensamientos y frases hechas que han sido publicadas en los pocos periódicos y revistas, en la radio, la televisión y en Internet. En cuanto alguien comienza a pensar y a actuar por cuenta propia y mantiene una opinión divergente de la generalmente aceptada por el “sistema” --que se ha vuelto cerrado y no admite nada que le resulte molesto-- simplemente se le rechaza.
Sin embargo, somos libres, a pesar de las circunstancias adversas que nos pueden rodear e influir. Y no sólo tenemos el derecho, sino también el deber de ejercer nuestra libertad.
Justamente hoy es más necesario que nunca que tomemos conciencia de la gran riqueza de nuestra vida y busquemos caminos para llegar a ser “más” hombres, y no unas personas renuentes, asustadas, robotizadas y enlutadas.
Al crecer, el hombre descubre paulatinamente que tiene un espacio interior, en el que está, de algún modo, a disposición de sí mismo. Se da cuenta de que, esencialmente, no depende ni de los padres, ni de los maestros del colegio; no depende de los medios de comunicación, tampoco de la opinión pública, ni mucho menos de corrientes politicas. Experimenta un espacio en el que está solo consigo mismo, donde es libre. Descubre su mundo interior, su propia intimidad.
Lo íntimo es lo que sólo conoce uno mismo: es el “santuario” de lo humano. Puedo entrar dentro de mí, y ahí nadie puede apresarme.
Cuando “estoy conmigo”, fácilmente me doy cuenta de lo innecesario e incluso ridículo que es el buscar la confirmación y el aplauso de los demás. El valor de una persona no depende de los otros; no depende de las alabanzas o gestos de confirmación que pueda recibir o no. Somos más de lo que vivimos en lo exterior. Hay un espacio en nosotros al que no tienen acceso los demás. Es nuestra “patria interior”, “mi partido político interior,”un espacio de silencio y quietud, Mientras no lo descubramos, viviremos de un modo superficial y confuso, buscando consuelo donde no lo hay en el mundo exterior.
El hombre es libre, cuando mora en la propia casa. Desgraciadamente, hay muchas personas que no “están consigo”, sino siempre con los otros. No saben descansar en sí mismas.
El ver la vida diaria, la tuya, la de otros, la fuente de toda vida, te forma, te hace, te crea. Desde nuestro núcleo más íntimo, vemos lo que realmente tenemos, los que otros no tienen y lo que yo estoy en capacidad de dar. De algún modo u otro, cada hombre está llamado a revivir el drama experimentado por los que dan y por los que reciben. Si estas en el mundo de los que dan, tu alegria vive. Si estas entre los que reciben, tu alegria nace, cree arma tu interior. No tenes que ir a tocar la puerta para que puedas ayudar, la puerta esta abierta dentro de ti. El valor de una persona no depende de otros que ignoran el verdadero tu.
Hagamos un poquito de apertura, disponibilidad y acogida de “lo nuestro”. “Si escuchás hoy tu voz, no seas duro con tu corazón”. Para encontrarte, hace falta misteriosamente abrirle “las puertas” de nuestra casa. En otras palabras, en este espacio íntimo del silencio y de la quietud que hay en mí, donde nadie puede entrar sino yo, no quiero estar solo. Como seres humanos somos socializantes y tenemos que compartir.
Hay que comenzar a cambiar, para que mi alrededor cambie.
Hay que pensar en los jovenes y en los ancianos tanto como en los niños a ser independientes.
Después de leer esta reflexión y darle vueltas, creo que el problema de muchos (o quizá Todos) es que tenemos miendo a ser responsables, por eso no queremos tomar decisiones y esperamos que otros piensen por nosotros. En esa dinámica, nadie estaría pensando en sí mismo. que comodidad ¿no?.