Una historia cotidiana.
Venía sobre la Alameda Manuel Enrique Araujo, del centro hacia Santa Tecla. El tráfico ni muy pesado, ni muy suave, o sea normal. Era típico de la hora, entre las ocho y media y las nueve de la mañana.
Me llamó la atención que en el camellón de en medio, que divide los dos sentidos de la avenida estaba un joven de no mas de treinta años en una silla de ruedas. No Parecía limosnero, pero no me explico que hacía, simplemente tenía la mirada perdida, soñando despierto.
Una joven de no mas de 25 años caminaba por el camellón en dirección hacia él. En la medida en que se acercaba disminuía el paso hasta acercársele suavemente. Posó su mano cariñosa en su hombro, él salió de su sueño y la miró. Ambos cruzaron una sonrisa de amistad. Ella palmeó su hombro y con mucho disimulo puso un billete en sus manos. Le sonrió nuevamente, le palmeó el hombro por ultima vez. Él respondió con otra sonrisa, tomó el billete y lo escondió en su bolsa.
Ella se atravesó la calle, continuaba su camino. El semáforo también cambiaba de color y yo continuaba mi marcha. Cuando pasé frente al joven en su silla de ruedas, todavía mantenía la sonrisa, pero los ojos los tenía húmedos y una lágrima estaba a punto de rodar por su mejía.
Era la amistad, que todavía nos asalta de vez en cuando, y nos deja un pequeño mensaje, al menos para reflexionar un rato. O para escribir algunos párrafos.
Ayutuxtepeque, 24 de Enero de 2006.
Cosas como la que narras son las que hacen que despues de todo valga la pena vivir.
Ponerle una sonrisa en los labios a cualquier persona tiene un valor incalculable.
En esta vida, nadie esta solo!! Siempre hay alquien que este pendiente de TI
