El Suicidio de José.
Cuando botaron a patadas la puerta de la pieza interior del mesón, no hubo necesidad de encender la luz para ver la silueta del cuerpo sin vida del viejo José Martínez. Completamente inmóvil colgado de la viga, con un lazo al cuello.
Un lamento de resignación, de todos los vecinos se escuchó al unísono, al menos ya estaba descansando, pues lo mas seguro es que Dios había hecho una excepción y lo había perdonado. Hay casos en que de plano, la vida pierde todo sentido y no debe continuar. Ese era el sentimiento general del vecindario.
Los detectives de la Policía Nacional, que acudieron a la inspección junto con el juez de paz, dudaron al principio de que fuera suicidio. Era difícil imaginar que un hombre ciego, hubiera podido poner el lazo en la viga, subirse a una silla, amarrarse el lazo en el cuello y luego empujar la silla para colgarse con todos recuerdos de una vez por todas. Pero al escuchar veinte veces la mismísima historia, contada por separado por veinte vecinos del mesón, sin una tan sola contradicción, hasta ellos quedaron convencidos del suicidio.
José Martínez era un hombre, independiente y trabajador, nunca tubo una mujer fija con la que durara mas de tres meses, pero nunca tuvo mas de una a la vez, la mayor parte de su vida estuvo solo, lavaba y planchaba su ropa, se preparaba su comida y aseaba su cuarto con una naturalidad tal, que nunca nadie dudo de su virilidad por hacer oficios domésticos.
Comentaban que en esas relaciones fugaces, tubo dos hijos, al parecer con dos mujeres distintas, a los que siempre visitó y ayudó económicamente hasta que cumplieron 18 años y podían defenderse solos. En el mesón nadie los conoció. Pero cuando sacaron sus escasas pertenencias para quemarlas o repartirlas, encontraron las fotos amarillas de viejas de un niño y una niña, que todos supusieron que eran sus hijos, por el primor con que habían sido conservadas.
José Martínez, trabajó desde que tenía memoria, era de los mejores y mas duros trabajadores de los patios en los Beneficios de Café, oficio rudo que consistía en pasar todo el día bajo el inclemente sol en enormes patios de ladrillo, revolviendo constantemente el café para que se secara al sol. Siempre lo contrataban pues era de los que aguantaban la dureza de la labor, ya que muchos muchachos urbanizados, llegaban unos días y luego desertaban pues no aguantaban lo pesado del trabajo.
Varios años después le dieron una plaza permanente en el Beneficio, Pues Don Gustavón, el millonario cafetalero, dueño de la empresa, reconoció personalmente las cualidades de ese muchacho. Ya como jefe de los patios, José ganaba más y se penquiaba menos. Aunque siempre se movía bajo el inclemente sol, dando ordenes o supervisando el trabajo. Esa fue la época en que se supone tubo sus dos hijos.
Durante muchos años cumplió puntual su labor de jefe sin faltar nunca, hasta el fatídico miércoles en que empezó su desgracia.
La verdad es que ni José podía explicar bien como sucedió, pero esa tarde del miércoles cuando solo faltaban dos días para que cumpliera cuarenta y cinco años de edad, mientras supervisaba el secado del café, tropezó con algo y se fue de bruces, fue tan sorpresiva su caída que no alcanzó a meter las manos y su cara se enterró en un montón de café, donde alguien había dejado por olvido o descuido un pico con cuya punta se sacó el ojo izquierdo.
Lo llevaron de inmediato al hospital y lo operaron de emergencia, pero no pudieron salvarle el ojo, José se quedó con la cuenca vacía y su ojo fue a parar al basurero del hospital. Al siguiente día lo visitó Don Gustavón, quien consternado por la tragedia le dijo que no se preocupara, que mantendría su trabajo en el Beneficio y además por su cuenta le mandaría a comprar un ojo de vidrio para sustituir al verdadero.
Un mes después, José regresó a trabajar al Beneficio, para su sorpresa ya no estaría en los patios, ahora sería empleado de oficina, le habían creado un confuso puesto de ayudante de algo, y mantendría su anterior salario de Jefe de patios. Cualquier cristiano se hubiera sentido halagado con ese nuevo cargo, pero José que era feliz con los trabajos rudos que el consideraba “de hombres”, se sintió incomodo como empleado de oficina, que según él, era para las damas.
Tres meses después del accidente, cuando la cuenca vacía del ojo ya había cicatrizado, don Gustavón lo llevó personalmente donde un cirujano plástico que atendía a su mujer e iniciaron el proceso de instalarle el ojo de vidrio. Un mes después el ojo estaba instalado en su lugar, José no entendía como un ojo tan perfecto, que le devolvía la anterior fisonomía a su rostro no servía para ver. Por ello decía entre burla y decepción “este ojo sirve para todo, menos para mirar”
Fue en esa época en que empezó a beber, Comenzó comprando una botella de guaro, los fines de semana, luego fueron dos, luego dos veces por semana y finalmente todos los días. Aunque nunca faltaba a su trabajo, pero todos le sentían el tufo a guaro y eran evidentes los malestares de la goma.
Así pasaron quince años, se volvió alcohólico, descuidado en el vestir y perdió el sentido del humor. Se volvió mas solitario, llegaba en silencio al mesón, se encerraba a beber en su cuarto, hasta que se dormía bajo los efectos del alcohol. Murmuraba solo, maldiciendo el mal paso que dio el miércoles de su desdicha.
Así llegó el día en que lo despidieron del trabajo, Ya por esa época Don Gustavón, su protector, era un anciano delirante postrado en una silla de ruedas, las riendas de las empresas las había tomado su único hijo “Gustavito” a quien decían “don Gustavo”.
Formalmente su despido se debió a un recorte de personal, que hubo en el beneficio al ir bajando en el mercado mundial los precios del café. Pero el rumor general es que lo echaron porque ya nadie aguantaba un borracho consuetudinario, que muy poco trabajaba, con nadie tenía buenas relaciones y daba mala imagen a la empresa.
Ese día todos se asombraron en el mesón porque llegó temprano, con tres pachas de guaro del Expendio de Aguardiente en la mano, y se encerró a beber. Durante siete días solo salía del cuarto de mesón para ir al baño o para ir a comprar mas güaro.
Una mañana, mientras esperaba que abrieran el Expendio de Aguardiente, comenzó a discutir acaloradamente con otros borrachos y al rato empezó la trifulca, Tres borrachos, entre ellos José, rodaron por el suelo liándose a puñetazo limpio, cuando se pudo poner de pie nuevamente, otro le asestó un puñetazo en la cara, y para sorpresa de todos, el ojo de vidrio, salió volando por los aires y comenzó a rodar por el suelo.
En ese momento se acabó el pleito, Los borrachos quedaron paralizados del susto al ver volar y luego rebotar como canica el ojo y José corrió tras su ojo para evitar que se fuera en la alcantarilla. Logró recuperarlo y de inmediato se lo volvió a colocar en su lugar. Compró dos pachas de guaro y se regresó al mesón. Comenzó a beber despacio en la puerta de su cuarto, todos los vecinos veían horrorizados como José se quitaba el ojo, lo veía con el otro bueno y se lo volvía a poner, al rato repetía la operación. Un niño que lo miraba dijo con naturalidad “el ojo de José es igual que los dientes postizos de mi abuelita, ella se los quita en la noche y los echa en un vaso con agua y al siguiente día se los vuelve a poner”.
Cuatro meses después, José se había gastado en guaro todo el dinero de la indemnización. En el mesón nadie le quiso prestar dinero, pues sería para guaro y no para comer, y además sin empleo no tenía como pagar. Así fue como José perdió la vergüenza y salió a la calle para pedir limosna. Ideó un sistema que le daba un buen resultado. Cuando solicitaba la limosna, extendía una mano y con la otra se sacaba el ojo de vidrio, y decía “una limosnita por el amor de Dios para este pobre tuerto”. La gente del susto o la compasión ante tal espectáculo le daba unas monedas.
A pesar de que con el oficio de limosnero, no le iba tan mal, pues siempre conseguía para chupar, pero dejó de pagar el alquiler del cuarto y su salud se fue deteriorando mas y mas. Comenzó a tener alucinaciones y a delirar. Así salía a pedir.
Un día, pidiendo limosna en el parque central, en medio de una soberana borrachera, cometió un error fatal. Cuando solicitó la limosna con el método antes descrito, se equivocó de mano, extendió la mano equivocada y con la otra se sacó el único ojo bueno que le quedaba.
Sumido en el dolor y las tinieblas, comenzó a dar de gritos, una ambulancia lo llevó al hospital, José llevaba el ojo en carne viva en la mano e imploraba que se lo volvieran a colocar. Cuando despertó de la anestesia, se dio cuenta que estaba ciego para siempre. Jamás volvería a ver la luz del día, se sintió el hombre mas desdichado del mundo y quizás lo era.
Unas semanas después que le dieron de alta en el hospital los vecinos lo llevaron al mesón de regreso. José ya no volvió a hablar, solo murmuraba incoherencias en voz baja. Por compasión le daban de comer, lo llevaban al baño y le lavaban la ropa, pero el dueño del mesón no estaba dispuesto a perdonarle los meses que debía de renta del cuarto. “O paga o se va” le dijo sin compasión.
Fue así como una noche se encerró mas temprano, con la decisión tomada en firme. A tientas buscó un viejo lazo que guardaba debajo de la cama, Calculó donde estaba la viga que durante mas de cuarenta años había visto todas las noches antes de dormirse, encontró la única silla que poseía. Lo demás es fácil imaginarlo. Nunca sabremos cual fue su ultimo pensamiento, serían sus dos hijos, o la fatídica tarde de aquel miércoles en que sufrió la caída de su desgracia. Solo Dios lo sabe.
Lo velaron en el patio del mesón, Don Gustavo, se compadeció y mandó unos centavos para sufragar los gastos del entierro.
Ahora solo queda su recuerdo y una lápida en el cementerio municipal “Aquí yace José Martínez”. Ojalá que Dios lo haya perdonado.