Mi?rcoles, 09 de marzo de 2005
El velorio de don Moncho.

La noticia se corri? de voz en voz a una velocidad extraordinaria. En pocos minutos todos la sab?an en los dos barrios de Santa Ana, pero tambi?n todos dudaban que fuera cierto.? Se muri? don Moncho?, no puede ser, si ayer lo vimos y se ve?a muy sano; si estaba joven, no llegaba a los cincuenta todav?a. Era dif?cil creer que don Moncho ya no era alma de este mundo. Lo mas tr?gico era que don Moncho hab?a sido una especie de benefactor de la gente del barrio de Santa B?rbara y la Colonia Los Pinos. Le hac?a un favor a cualquiera que lo necesitara sin esperar recompensa. Prestaba peque?as cantidades de dinero sin inter?s, daba despensas de comida a las ancianas pobres, le compr? zapatos a muchos cipotes descalzos, daba medicina a muchos enfermos sin recursos. En fin, don Moncho ten?a un gran coraz?n. Y vea usted como son las cosas, precisamente don Moncho hab?a fallecido del coraz?n. Un fulminante ataque card?aco, sin previo aviso, que no dio tiempo de hacer nada por ?l, le arrebat? la vida. Como bien dijo do?a Concepci?n Ram?rez, ?lo bueno o se va o se muere?.
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Todos fuimos pasando de la sorpresa a la tristeza, de la tristeza a un sentimiento de orfandad, y de la orfandad a la resignaci?n. ?Dios sabe lo que hace?, sentenci? don Maximiliano P?rez. Ahora lo ?nico que pod?amos hacer por ?l era acompa?arlo en su velaci?n.
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Pero ir al velorio de don Moncho requer?a de que todos nos pusi?ramos de acuerdo y organizarnos, pues viv?a fuera de la ciudad. Don Moncho viv?a a unos cinco kil?metros de Santa Ana por una calle polvosa que conduc?a al Beneficio de la China. Muchos dec?an que caminar de noche por esa calle era peligroso porque asustaban los malos esp?ritus, Hab?a que pasar una quebrada donde aseguraban que sal?a la ciguanaba. Por ello nos organizamos en dos grupos, los que nos ir?amos a pie, y los que se ir?an en el cami?n de don Jacinto Zepeda. Se recomend? que nadie se fuera solo despu?s de las seis de la tarde.
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Yo me apunt? para irme a pie, pues en el cami?n de don Jacinto solo ir?an las personas mayores, que por su edad tienen dificultades para caminar. De todos modos nos juntamos todos en la Ceiba donde termina la Colonia Los Pinos y empieza la Calle polvosa hacia la China. El cami?n lleg? puntual a las siete de la noche y se subieron todos los viejos. Cost? trabajo subir a la cabina a do?a Matilde Galdamez por su avanzada edad y las dificultades que ten?a para moverse, pero entre tres hombres la subieron al cami?n. El resto del grupo que ?ramos mas de cincuenta personas comenzamos a caminar. Cuando pasamos por el lugar donde espantaban los malos esp?ritus las mujeres comenzaron a rezar el rosario, luego llegamos a la quebrada donde sal?a la siguanaba, all? hicimos un alto, nos quitamos los zapatos y los calcetines, nos enrollamos los pantalones y pasamos el riachuelo, al otro lado repetimos la operaci?n al rev?s, nos pusimos de nuevo los calcetines y zapatos, por suerte a nadie se le apareci? la siguanaba.
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Cuando llegamos a la casa de don Moncho, ya hab?a bastante gente en su velorio, El gran patio de tierra de la casa de campo hab?a sido iluminado con una extensi?n el?ctrica que ten?a mas de veinte focos, all? hab?an colocado muchas sillas de las que alquilan en las funerarias y la gente se juntaba en grupos, sentados platicando sobre la vida del difunto. En el gran corredor hab?an mas de 25 gallinas colgadas, reci?n sacrificadas, y un gran cerdo colgado que lo hab?an abierto en canal, toda esa carne lista para los tamales que degustar?amos seguramente en la madrugada. En la cocina ya estaban listos dos enormes peroles de tamales y otros dos de caf?, amontonados en una esquina un mont?n de sacos con pan franc?s y pan dulce. Todo parec?a que hasta despu?s de muerto don Moncho iba a hacer su ?ltima obra ben?fica, d?ndonos de comer a tanto hambriento que lleg?bamos a despedirlo.
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En el interior de la casa, hab?an quitado los canceles que divid?an la sala de los dormitorios, con lo cual quedaba un gran sal?n, donde estaba el ata?d que conten?a el cuerpo de don Moncho y mas de setenta sillas ocupadas todas por mujeres que rezaban el rosario, dirigidas por una rezadora profesional, contratada para esos efectos. Despu?s de dar varias vueltas por el patio y recorrer el corredor, yo me par? en la puerta desde la que se distingu?a bien el ata?d y las rezadoras al mirar para adentro, y una panor?mica del patio al mirar para afuera.

All? estaba yo paradito, observando con curiosidad el ata?d de don Moncho, cuando sucedi? algo que me hel? la sangre. Comenc? a ver que muy despacito se iba abriendo la tapadera del ata?d y una mano comenzaba a asomarse. Quer?a pegar un grito pero la lengua se me puso gruesa y tiesa y no emit?a ning?n sonido. Quise correr pero no me respond?an las piernas, las ten?a como congeladas o pegadas al suelo. Con horror observ? que todas las rezadoras que ten?an los ojos cerrados por la devoci?n no se daban cuenta de lo que suced?a, mir? angustiado al patio y all? todo transcurr?a con la normalidad de un velorio. Logr? observar que al final del patio, en la cerca que daba hacia la calle, hab?a una peque?a salida en forma de Y pero no me serv?a de nada pues no pod?a moverme, mucho menos correr. Un sudor helado y profuso me hab?a mojado toda la camisa, el coraz?n me brincaba con tanta fuerza que sent?a que se me saldr?a por la boca. De pronto don Moncho empuj? la tapadera del ata?d con fuerza abri?ndola de un solo golpe, se sent?, y ante la mirada horrorizada de todas las mujeres que con el golpe abrieron los ojos Don Moncho exclam?Qu? pasa aqu?.
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El grito de don Moncho me devolvi? la movilidad en las piernas y sal? corriendo como loco hacia el final del patio donde hab?a visto la salida en forma de Y. En mi carrera choqu? con una se?ora que serv?a tamales, la que se fue de bruces encima de un grupo de personas que estaban sentadas. Una se?ora me dijo ?cipote tonto, ya and?s borracho?, pero yo no estaba para pedir disculpas, segu? corriendo como en carrera de obst?culos hasta que llegu? a la peque?a salida. Al llegar a la meta me sent? un poco mas seguro y volv? la mirada hacia atr?s. Ya en ese momento todos en el patio se hab?an puesto de pi? y ve?an lo que pasaba en la entrada de la casa. Todas las mujeres se hab?an atorado en la puerta queriendo salir al mismo tiempo, algunas lo lograban a gatas y comenzaban a correr como condenadas dando gritos ?se levant? don Moncho?. En un primer momento, nadie en el patio sab?a que pasaba, algunos se rieron y se?alaron que las mujeres son miedosas y hacen esc?ndalo de cualquier cosa. Pero cuando terminaron de salir las hist?ricas mujeres, detr?s sali? don Moncho, quien volvi? a exclamar a todo pulm?n ?Qu? pasa aqu?.

En ese momento hubo una histeria colectiva, todos comenzaron a gritar y a correr, chocaban unos con otros, muchos se ca?an al tropezarse con las sillas. Alguien en la carrera se enred? en la extensi?n el?ctrica y cort? la luz. La oscurana aument? la confusi?n y los gritos. Un se?or corriendo en lo oscuro choc? con el cerdo que estaba colgado, y ambos cayeron al suelo, el se?or gritaba ?Ay Dios m?o, me agarr? el muerto?. En la confusi?n le dieron vuelta a la olla de tamales, y varios se deslizaban y se ca?an aplastando decenas de tamales. Las gallinas sacrificadas rodaban por el suelo y una se?ora gritaba que hab?a pisado la cabeza del difunto. Poco a poco todos comenzaron a saltar el cerco de alambre de p?as, varios pedazos de pantalones y de faldas quedaron enredados, pero a nadie le interesaba.
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Pocos momentos despu?s, mas de doscientas cincuenta personas corr?amos como almas que se lleva el diablo, por aquella calle polvosa, con el ?nico objetivo de alejarnos de all? y llegar a la ciudad. Algunos se tiraron por los cafetales y corr?an por los cerros. Do?a Matilde Galdamez, que con tanto esfuerzo la subimos al cami?n, era la que iba corriendo adelante, y no la pod?amos alcanzar, es incre?ble la fuerza que da la adrenalina cuando se tiene miedo. Ni nos dimos cuenta a que horas pasamos por el riachuelo, ni a nadie se le ocurri? quitarse los zapatos y los calcetines para no mojarse.

Yo corr? sin parar hasta mi casa, a pesar de que a mis catorce a?os, nunca hab?a practicado ning?n deporte, no me sent?a cansado. Toqu? la puerta del zagu?n del mes?n con desesperaci?n, pues sent?a que don Moncho me ara?aba la espalda. Gracias a Dios que la ni?a Cristina, que era la mesonera me abri? r?pido, as? pude entrar y contar lo sucedido. Al principio nadie me cre?a, pero poco a poco la noticia de que don Moncho hab?a regresado del mas all? se comenz? a difundir. Pude dormirme despu?s de que me tom? un gran vaso de t? de hojas de naranjo agrio, que me prepararon para que me pasara el susto. Pero toda la noche tuve pesadillas.

Al siguiente d?a temprano, de forma espont?nea se fue organizando una gran peregrinaci?n para regresar a la casa de don Moncho, y saber exactamente que hab?a pasado y en que hab?a terminado todo. Al llegar, todav?a con un poco de miedo, nos encontramos a don Moncho sentado tranquilo en una mecedora, recibiendo las visitas que llegaban a darle la bienvenida, por estar de regreso en el mundo de los vivos.
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Nos explic? con mucha paciencia que hab?a tenido un ataque de catalepsia, que es una enfermedad por la cual la gente se muere aparentemente, pero en el fondo est?n vivos, y de repente vuelven a resucitar. Que ?l no sab?a que padec?a esa enfermedad, pero que ahora, ya sabedor, hab?a hecho jurar ante Dios a su familia, que la pr?xima vez que se muera lo tendr?an que velar durante tres d?as y tres noches, para asegurarse que estaba muerto de verdad y evitar la desgracia que lo fueran a enterrar vivo.

Despu?s nos cont? que hab?a devuelto el ata?d a la funeraria, con una protesta de que le devolvieran el dinero, pues ?l de previsor hab?a pagado con anticipaci?n los servicios funerarios, y hab?a pagado el equivalente a un entierro del tipo Presidencial, pero el servicio que le dieron no llegaba ni al de un diputado suplente. Nos dijo adem?s que esa tarde ir?a a la alcald?a, pues ya lo hab?an borrado de la lista de los vivos y lo hab?an anotado en la de los muertos, y era necesario reinscribirlo, pues no es ninguna gracia estar naturalmente vivo y legalmente muerto.
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Al comenzar la guerra, en 1980, yo me tuve que ir de Santa Ana, y todav?a don Moncho segu?a vivo. Ahora ya no se que sucedi? con ?l. Pero siempre le he deseado Larga vida o buena muerte.
Publicado por JJmar @ 2:00  | Cuentos y Humor
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Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 18 de octubre de 2007 | 17:06
se supone que es un resumen no un libro completo por fa hagan cosas buenas o mejor no hagan nada si
Publicado por CAROL
S?bado, 08 de noviembre de 2008 | 10:01
ME PARECIO INTERESANTE DE VERDAD Y AL IDIOTA QUE ESCRIBIO ANTES QUE YO QUE ERA MALO ES UN COMPLETO INNORANTE QUE NO SE SABE EXPRESAR NO LE HAGAN CASO QUE EL RESUMEN ES BASTANTE BUENO.
Publicado por Invitado
Domingo, 10 de abril de 2011 | 21:54

interesante la forma, el estilo.. en cuanto al contenido, no me satisfizo lo suficiente.. el final  no les suena conocido? véase: Edgar Allan Poe, El Entierro Prematuro. Con este mataste el cuento.